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lunes, 21 de enero de 2019

LUNES 21 DE ENERO



Contemplar el Evangelio de hoy

Día litúrgico: Lunes II del tiempo ordinario
Ver 1ª Lectura y Salmo
Texto del Evangelio (Mc 2,18-22): Como los discípulos de Juan y los fariseos estaban ayunando, vienen y le dicen a Jesús: «¿Por qué mientras los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan, tus discípulos no ayunan?». Jesús les dijo: «¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Mientras tengan consigo al novio no pueden ayunar. Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán, en aquel día.

»Nadie cose un remiendo de paño sin tundir en un vestido viejo, pues de otro modo, lo añadido tira de él, el paño nuevo del viejo, y se produce un desgarrón peor. Nadie echa tampoco vino nuevo en pellejos viejos; de otro modo, el vino reventaría los pellejos y se echaría a perder tanto el vino como los pellejos: sino que el vino nuevo se echa en pellejos nuevos».
Comentario:Rev. D. Joaquim VILLANUEVA i Poll (Barcelona, España)
«¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos?»
Hoy comprobamos cómo los judíos, además del ayuno prescrito para el Día de la Expiación (cf. Lev 16,29-34) observaban muchos otros ayunos, tanto públicos como privados. Eran expresión de duelo, de penitencia, de purificación, de preparación para una fiesta o una misión, de petición de gracia a Dios, etc. Los judíos piadosos apreciaban el ayuno como un acto propio de la virtud de la religión y muy grato a Dios: el que ayuna se dirige a Dios en actitud de humildad, le pide perdón privándose de aquellas cosas que, satisfaciéndole, le hubieran apartado de Él.

Que Jesús no inculque esta práctica a sus discípulos y a los que le escuchan, sorprende a los discípulos de Juan y a los fariseos. Piensan que es una omisión importante en sus enseñanzas. Y Jesús les da una razón fundamental: «¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos?» (Mc 2,19). El esposo, según la expresión de los profetas de Israel, indica al mismo Dios, y es manifestación del amor divino hacia los hombres (Israel es la esposa, no siempre fiel, objeto del amor fiel del esposo, Yahvé). Es decir, Jesús se equipara a Yahvé. Está aquí declarando su divinidad: llama a sus discípulos «los amigos del esposo», los que están con Él, y así no necesitan ayunar porque no están separados de Él.

La Iglesia ha permanecido fiel a esta enseñanza que, viniendo de los profetas e incluso siendo una práctica natural y espontánea en muchas religiones, Jesucristo la confirma y le da un sentido nuevo: ayuna en el desierto como preparación a su vida pública, nos dice que la oración se fortalece con el ayuno, etc.

Entre los que escuchaban al Señor, la mayoría serían pobres y sabrían de remiendos en vestidos; habría vendimiadores que sabrían lo que ocurre cuando el vino nuevo se echa en odres viejos. Les recuerda Jesús que han de recibir su mensaje con espíritu nuevo, que rompa el conformismo y la rutina de las almas avejentadas, que lo que Él propone no es una interpretación más de la Ley, sino una vida nueva.

sábado, 19 de enero de 2019

DOMINGO 20 DE ENERO





II domingo del tiempo ordinario
Jesús inicia la revelación de su gloria
Evangelio: San Juan 2,1-11 “No tienen vino…,”Hagan lo que El les diga”.- En este tiempo de la liturgia celebramos varias manifestaciones de Jesús, el Señor. Primero fue su nacimiento en medio de su pueblo, revelado a María, a José, a unos pobres y oscuros pastores. Vino luego la Epifanía, manifestación a los pueblos paganos. En seguida fue el bautismo de Jesús, presentación de Jesús al mundo como el Mesías enviado del Padre Dios. -Hoy, en el comienzo del Tiempo Ordinario, se nos ofrece el significativo relato de las Bodas de Caná, con el que comienzan los signos de Jesús: revelación de Jesús que trae el mundo nuevo en la Historia de la salvación. Y finalmente será la Presentación en el Templo donde Jesús se revela como luz de todas las naciones.
Sentido y condiciones de los signos de Jesús
Cristo inicia su vida pública, conviviendo con unos amigos en una boda de Caná, en Galilea. Allí «comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en El». Comenzó sus signos ante una necesidad muy simple: no tenían vino. Si no solamente escuchamos las palabras del Evangelio, sino que también tratamos de convivir con el Señor, llegaremos a descubrir el sentido y las condiciones de sus signos. - ¿Cuáles son esas condiciones?: Cuando lo invitamos a nuestra vida, Cristo realiza sus signos. Cuando lo invitamos con su Madre y cuando nos comprometemos a poner agua allí donde lo que falta es vino. Cristo trabaja con personas de fe.  a) Cristo es nuestro invitado: el Señor vino a «acampar entre nosotros». Pero anhela estar presente en cada uno y en todo lo que una vida significa: búsqueda, luchas, errores, caídas, fracasos, aciertos, dudas, éxitos, tragedias. Jesús inicia su vida pública en las bodas de unos amigos. Quiere estar presente en nuestro amor. Quiere compartir con nosotros esta aventura. b) Invitado con María: Ella es la presencia femenina de Dios en el mundo. Ella es la que sabe adivinar que «no nos queda vino». Con su intuición y su ternura detecta todas nuestras carencias. - c) Y allí en Caná descubrimos unos hombres de fe, dispuestos a llenar las tinajas y a llenarlas hasta arriba. El mundo cambiará si cada uno de nosotros sigue aportando agua, que es la materia prima para ese vino del Señor. El mundo cambiará si no escuchamos a los «sensatos», a los realistas, a los supuestos sabios que nos dicen: «¿Para qué, si esto ya no tiene remedio?». «¿Y tú sigues creyendo en la Iglesia? Pero si hoy ¡nadie tiene fe...!». Si continuamos llenando las tinajas, entonces Cristo hará sus signos y se realizará el misterio. -Pedir la fe: Ya que la Palabra de Dios nos ha hecho ver nuestras necesidades familiares y conyugales, acerquémonos a Jesús por medio de la oración y unámonos en la plegaria para que, por intercesión de María y con la gracia de Cristo, el agua de nuestros esfuerzos se convierta en el vino generoso de una vida plena y feliz. -Debemos pedir, además, el don de la fe, para que podamos ver la gloria de Dios. Con la mirada de la fe podemos ver que en las actividades cotidianas se está manifestando la misericordia de Dios; el verdadero discípulo-misionero ve la obra de Dios en todo cuanto realiza y obtiene. -Cuando llegue su «hora», Jesús dará algo más que el vino; dará su Espíritu, para establecer una comunión plena entre Dios y los hombres, una fiesta que nada podrá enturbiar. Por eso, el gesto de Jesús en Cana es un «signo» -como le agrada decir a Juan- que manifiesta a los que quieren acogerlo que el Hijo de Dios está presente entre los hombres. -La Iglesia se conmociona ante el Misterio de Dios, manifestado en los «signos» que hace Jesús. ¿Pero qué es el misterio? Es el poder del Señor, que va más allá de nuestras posibilidades. Poder de Dios que convierte el agua en vino. Tantas veces cuando se escaseaba nuestro vino, hemos prescindido del misterio. Le hemos quitado el misterio a lo religioso. Pretendemos explicarlo todo. Reducirlo a nuestra condición limitada y humana y darle una dimensión científica.
Nuestro compromiso hoy:¿Qué dimensión de mi vida puedo cambiar? ¿Qué hacer para poder escuchar, como dice María, lo que Él dice? Y si lo escucho y lo intuyo ¿qué hacer? Por poco que sea, pero ¿Qué pasos dar para ver los signos del Señor? ¿Qué situación-agua podría cambiar en Él para hacerla vino-vida?. No importa que sea algo pequeño, ¡lo importante es mover el corazón! Somos testigos de Dios en un mundo que pide testigos veraces, audaces, conocedores de lo que viven. Ese compromiso es ineludible. O lo podemos desconocer y desairar a Dios con una actitud negativa que elude el compromiso, o lo podemos atender con amor y entusiasmo convencidos de que lo que Dios nos propone es lo mejor para nosotros en la vida presente y en el futuro.

viernes, 18 de enero de 2019

VIERNES 18 DE ENERO



Contemplar el Evangelio de hoy

Día litúrgico: Viernes I del tiempo ordinario
Ver 1ª Lectura y Salmo
Texto del Evangelio (Mc 2,1-12): Entró de nuevo en Cafarnaum; al poco tiempo había corrido la voz de que estaba en casa. Se agolparon tantos que ni siquiera ante la puerta había ya sitio, y Él les anunciaba la Palabra.

Y le vienen a traer a un paralítico llevado entre cuatro. Al no poder presentárselo a causa de la multitud, abrieron el techo encima de donde Él estaba y, a través de la abertura que hicieron, descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados».

Estaban allí sentados algunos escribas que pensaban en sus corazones: «¿Por qué éste habla así? Está blasfemando. ¿Quién puede perdonar pecados, sino Dios sólo?». Pero, al instante, conociendo Jesús en su espíritu lo que ellos pensaban en su interior, les dice: «¿Por qué pensáis así en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: ‘Tus pecados te son perdonados’, o decir: ‘Levántate, toma tu camilla y anda?’ Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados -dice al paralítico-: ‘A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’».

Se levantó y, al instante, tomando la camilla, salió a la vista de todos, de modo que quedaban todos asombrados y glorificaban a Dios, diciendo: «Jamás vimos cosa parecida».
Comentario:Rev. D. Joan Carles MONTSERRAT i Pulido (Cerdanyola del Vallès, Barcelona, España)
«Hijo, tus pecados te son perdonados (...). A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa»
Hoy vemos nuevamente al Señor rodeado de un gentío: «Se agolparon tantos que ni siquiera ante la puerta había ya sitio» (Mc 2,2). Su corazón se deshace ante la necesidad de los otros y les procura todo el bien que se puede hacer: perdona, enseña y cura a la vez. Ciertamente, les dispensa ayuda a nivel material (en el caso de hoy, lo hace curando una enfermedad de parálisis), pero —en el fondo— busca lo mejor y primero para cada uno de nosotros: el bien del alma.

Jesús-Salvador quiere dejarnos una esperanza cierta de salvación: Él es capaz, incluso, de perdonar los pecados y de compadecerse de nuestra debilidad moral. Antes que nada, dice taxativamente: «Hijo, tus pecados te son perdonados» (Mc 2,5). Después, lo contemplamos asociando el perdón de los pecados —que dispensa generosa e incansablemente— a un milagro extraordinario, “palpable” con nuestros ojos físicos. Como una especie de garantía externa, como para abrirnos los ojos de la fe, después de declarar el perdón de los pecados del paralítico, le cura la parálisis: «‘A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’. Se levantó y, al instante, tomando la camilla, salió a la vista de todos» (Mc 2,11-12).

Este milagro lo podemos revivir frecuentemente nosotros con la Confesión. En las palabras de la absolución que pronuncia el ministro de Dios («Yo te absuelvo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo») Jesús nos ofrece nuevamente —de manera discreta— la garantía externa del perdón de nuestros pecados, garantía equivalente a la curación espectacular que hizo con el paralítico de Cafarnaum.

Ahora comenzamos un nuevo tiempo ordinario. Y se nos recuerda a los creyentes la urgente necesidad que tenemos del encuentro sincero y personal con Jesucristo misericordioso. Él nos invita en este tiempo a no hacer rebajas ni descuidar el necesario perdón que Él nos ofrece en su alcoba, en la Iglesia.

jueves, 17 de enero de 2019

JUEVES 17 DE ENERO




Contemplar el Evangelio de hoy

Día litúrgico: Jueves I del tiempo ordinario
Ver 1ª Lectura y Salmo
Texto del Evangelio (Mc 1,40-45): En aquel tiempo, vino a Jesús un leproso suplicándole y, puesto de rodillas, le dice: «Si quieres, puedes limpiarme». Compadecido de él, extendió su mano, le tocó y le dijo: «Quiero; queda limpio». Y al instante, le desapareció la lepra y quedó limpio. Le despidió al instante prohibiéndole severamente: «Mira, no digas nada a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que prescribió Moisés para que les sirva de testimonio».

Pero él, así que se fue, se puso a pregonar con entusiasmo y a divulgar la noticia, de modo que ya no podía Jesús presentarse en público en ninguna ciudad, sino que se quedaba a las afueras, en lugares solitarios. Y acudían a Él de todas partes.
Comentario:Rev. D. Xavier PAGÉS i Castañer (Barcelona, España)
«‘Si quieres, puedes limpiarme’ (...). ‘Quiero; queda limpio’»
Hoy, en la primera lectura, leemos: «¡Ojalá oyereis la voz del Señor: ‘No queráis endurecer vuestros corazones’!» (Heb 3,7-8). Y lo repetimos insistentemente en la respuesta al Salmo 94. En esta breve cita, se contienen dos cosas: un anhelo y una advertencia. Ambas conviene no olvidarlas nunca.

Durante nuestro tiempo diario de oración deseamos y pedimos oír la voz del Señor. Pero, quizá, con demasiada frecuencia nos preocupamos de llenar ese tiempo con palabras que nosotros queremos decirle, y no dejamos tiempo para escuchar lo que el Buen Dios nos quiere comunicar. Velemos, por tanto, para tener cuidado del silencio interior que —evitando las distracciones y centrando nuestra atención— nos abre un espacio para acoger los afectos, inspiraciones... que el Señor, ciertamente, quiere suscitar en nuestros corazones.

Un riesgo, que no podemos olvidar, es el peligro de que nuestro corazón —con el paso del tiempo— se nos vaya endureciendo. A veces, los golpes de la vida nos pueden ir convirtiendo, incluso sin darnos cuenta de ello, en una persona más desconfiada, insensible, pesimista, desesperanzada... Hay que pedir al Señor que nos haga conscientes de este posible deterioro interior. La oración es ocasión para echar una mirada serena a nuestra vida y a todas las circunstancias que la rodean. Hemos de leer los diversos acontecimientos a la luz del Evangelio, para descubrir en cuáles aspectos necesitamos una auténtica conversión.

¡Ojalá que nuestra conversión la pidamos con la misma fe y confianza con que el leproso se presentó ante Jesús!: «Puesto de rodillas, le dice: ‘Si quieres, puedes limpiarme’» (Mc 1,40). Él es el único que puede hacer posible aquello que por nosotros mismos resultaría imposible. Dejemos que Dios actúe con su gracia en nosotros para que nuestro corazón sea purificado y, dócil a su acción, llegue a ser cada día más un corazón a imagen y semejanza del corazón de Jesús. Él, con confianza, nos dice: «Quiero; queda limpio» (Mc 1,41).