Translate

martes, 16 de julio de 2019

MARTES 16 DE JULIO




Contemplar el Evangelio de hoy

Día litúrgico: Martes XV del tiempo ordinario
Ver 1ª Lectura y Salmo
Texto del Evangelio (Mt 11,20-24): En aquel tiempo, Jesús se puso a maldecir a las ciudades en las que se habían realizado la mayoría de sus milagros, porque no se habían convertido: «¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras, tiempo ha que en sayal y ceniza se habrían convertido. Por eso os digo que el día del Juicio habrá menos rigor para Tiro y Sidón que para vosotras. Y tú, Cafarnaúm, ¿hasta el cielo te vas a encumbrar? ¡Hasta el Hades te hundirás! Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que se han hecho en ti, aún subsistiría el día de hoy. Por eso os digo que el día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma que para ti».
Comentario:Fr. Damien LIN Yuanheng (Singapore, Singapur)
«¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida!»
Hoy, Cristo reprende a dos ciudades de Galilea, Corozaín y Betsaida, por su incredulidad: «¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras, (...) se habrían convertido» (Mt 11,21). Jesús mismo da testimonio en favor de las ciudades fenicias, Tiro y Sidón: éstas hubieran hecho penitencia, con gran humildad, de haber experimentado las maravillas del poder divino.

Nadie es feliz recibiendo una buena reprimenda. En efecto, tiene que ser especialmente doloroso ser reprendido por Cristo, Él que nos ama con un corazón infinitamente misericordioso. Simplemente, no hay excusa, no hay inmunidad cuando uno es reprendido por la mismísima Verdad. Recibamos, pues, con humildad y responsabilidad cada día la llamada de Dios a la conversión.

También notamos que Cristo no se anda con rodeos. Él situó a su audiencia frente a frente ante la verdad. Debemos examinarnos sobre cómo hablamos de Cristo a los demás. A menudo, también nosotros tenemos que luchar contra nuestros respetos humanos para poner a nuestros amigos frente a las verdades eternas, tales como la muerte y el juicio. El Papa Francisco, conscientemente, describió a san Pablo como un “alborotador”: «El Señor siempre quiere que vayamos más lejos... Que no nos refugiemos en una vida tranquila ni en las estructuras caducas (…). Y Pablo, molestaba predicando al Señor. Pero él iba hacia adelante, porque tenía dentro de sí aquella actitud cristiana que es el celo apostólico. No era un “hombre de compromiso”». ¡No rehuyamos nuestro deber de caridad!

Quizá, como yo, encontrarás iluminadoras estas palabras de san Josemaría Escrivá: «(…) Se trata de hablar en sabio, en cristiano, pero de modo asequible a todos». No podemos dormirnos en los laureles —acomodarnos— para ser entendidos por muchos, sino que debemos pedir la gracia de ser humildes instrumentos del Espíritu Santo, con el fin de situar de lleno a cada hombre y a cada mujer ante la Verdad divina.

lunes, 15 de julio de 2019

LUNES 15 DE JULIO





Contemplar el Evangelio de hoy

Día litúrgico: Lunes XV del tiempo ordinario
Ver 1ª Lectura y Salmo
Texto del Evangelio (Mt 10,34--11,1): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: «No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual serán los que conviven con él.

El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado. Quien reciba a un profeta por ser profeta, recompensa de profeta recibirá, y quien reciba a un justo por ser justo, recompensa de justo recibirá. Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa».

Y sucedió que, cuando acabó Jesús de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.
Comentario:Rev. D. Valentí ALONSO i Roig (Barcelona, España)
«El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí»
Hoy Jesús nos ofrece una mezcla explosiva de recomendaciones; es como uno de esos banquetes de moda donde los platos son pequeñas "tapas" para saborear. Se trata de consejos profundos y duros de digerir, destinados a sus discípulos en el centro de su proceso de formación y preparación misionera (cf. Mt 11,1). Para gustarlos, debemos contemplar el texto en bloques separados.

Jesús empieza dando a conocer el efecto de su enseñanza. Más allá de los efectos positivos, evidentes en la actuación del Señor, el Evangelio evoca los contratiempos y los efectos secundarios de la predicación: «Enemigos de cada cual serán los que conviven con él» (Mt 10,36). Ésta es la paradoja de vivir la fe: la posibilidad de enfrentarnos, incluso con los más próximos, cuando no entendemos quién es Jesús, el Señor, y no lo percibimos como el Maestro de la comunión.

En un segundo momento, Jesús nos pide ocupar el grado máximo en la escala del amor: «quien ama a su padre o a su madre más que a mí…» (Mt 10,37), «quien ama a sus hijos más que a mí…» (Mt 10,37). Así, nos propone dejarnos acompañar por Él como presencia de Dios, puesto que «quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado» (Mt 10,40). El efecto de vivir acompañados por el Señor, acogido en nuestra casa, es gozar de la recompensa de los profetas y los justos, porque hemos recibido a un profeta y un justo.

La recomendación del Maestro acaba valorando los pequeños gestos de ayuda y apoyo a quienes viven acompañados por el Señor, a sus discípulos, que somos todos los cristianos. «Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo...» (Mt 10,42). De este consejo nace una responsabilidad: respecto al prójimo, debemos ser conscientes de que quien vive con el Señor, sea quien sea, ha de ser tratado como le trataríamos a Él. Dice san Juan Crisóstomo: «Si el amor estuviera esparcido por todas partes, nacerían de él una infinidad de bienes».

sábado, 13 de julio de 2019

DOMINGO 14 DE JULIO






EL BUEN SAMARITANO
Evangelio: san Lucas 10, 25-37: “¿Quién es mi prójimo?”
Al escuchar esta parábola del buen samaritano nos queda la impresión de que es una crónica sacada de nuestro tiempo. El relato refleja una realidad violenta: asalto, heridas, robo, indiferencia de los que pasan, compasión de un desconocido... También hay detalles extraños. Nos preguntamos si en un hotel del camino hubieran recibido hoy a un herido, si la compasión llega al extremo de los cuidados que se brindan al herido, y el camino sigue abierto a un mañana: - «Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva».
Al meditar la parábola desde nuestra situación en el mundo de hoy nos damos cuenta de que es un cuadro del que somos testigos a diario. Y podemos identificarnos con todos los personajes de la parábola. Somos a veces el herido abandonado en el camino, sin esperanza. En ocasiones hacemos de asaltantes, opresores de nuestros hermanos. Nos comportamos a veces como los levitas y los sacerdotes, y pasamos de largo, ajenos al drama de la humanidad. Pero también Dios nos da la gracia de ser samaritanos y abrimos el corazón a la miseria del mundo. Y Dios quiere que siempre seamos el posadero, que tengamos si posible la puerta de la casa abierta para acoger al que toca a la puerta, y siempre la puerta del corazón de par en par para compadecer con los que sufren. Dios nos trae y nos entrega los heridos del mundo y nos dice: - Cuídamelos y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta. Ese regreso del Señor es su parusía, el momento de nuestro encuentro con él en la gran hora de la verdad.
Un desafío
Es un desafío que en muchas ocasiones nos parece ir más allá de nuestras fuerzas y posibilidades. La encarnación nos dice que Dios ha actuado así. El herido somos todos nosotros, humanidad necesitada de amor y de esperanza. Pasan por nuestro lado tantos incapaces de darnos lo que necesitamos. Dios decide pasar en la persona de Cristo. El es el buen samaritano que nos recoge, nos cuida y nos sana. Nos entrega al posadero que es la Iglesia. A ella le dice Cristo: cuídalos... Cuando el amor del buen samaritano, que es Cristo, nos habita y está en nuestro corazón podemos sentir el poder de Dios que va más allá de nuestras propias fuerzas. Muchos y muchas, débiles y sin recursos, han hecho en la historia maravillas por los necesitados. Sentimos que este requerimiento está en nuestro corazón, en lo más profundo de nosotros mismos clamoroso, imborrable, imposible de no escuchar.
«Hacerse prójimo»
Nos impresiona esta Palabra de Jesús en la parábola del verdadero «próijimo». Destacamos algunos puntos importantes: - Primero: La fraternidad en la gente no es algo a dar por supuesto. Debe ser construida día tras día por la práctica de la misericordia. «Nos hacemos» hermanos y hermanas. De esta manera, el «prójimo» no es simplemente aquél a quien yo encuentro en el camino (el sacerdote y el levita lo encontraron...), sino aquél en cuyo camino yo me pongo para «acercarme» (que fue lo primero que hizo el samaritano) y para hacer mío su problema: ¡eso es «hacerse prójimo»!
Segundo: La caridad cristiana es universal. No discrimina. El samaritano y el judío en la parábola se suponían enemigos y distanciados. Pero la misericordia es más fuerte que el prejuicio del samaritano.
Tercero: Amar a nuestros hermanos significa que estamos dispuestos a la reconciliación y el perdón, como era el caso del samaritano con respecto al judío herido. - Cuarto: Practicar la caridad significa salir de nuestros planes y nuestro egoísmo, aceptar sacrificios por el bien de los demás. La caridad cristiana no se queda en buenos deseos, sino que se expresa con hechos. Relacionemos la parábola de Jesús con la gran verdad que nos enseña la escena del «juicio final» (cfr. Mt. 25,40.45): «Lo que hicieron con los demás, conmigo lo hicieron». Es necesario «hacerse prójimo». Jesús pide una actitud práctica, que hablen los hechos... El problema fundamental del cristiano no está en saber quién es su prójimo: su prójimo son todos. Su problema está en hacerse él mismo prójimo de todos los que lo necesitan. No se trata de saber a quién tengo que amar, sino de darme cuenta de que todos tienen derecho a mi amor y vivir las consecuencias...
Ser samaritano - Es un desafío que en muchas ocasiones nos parece ir más allá de nuestras fuerzas y posibilidades. La encarnación nos dice que Dios ha actuado así. El herido somos todos nosotros, humanidad necesitada de amor y de esperanza. Pasan por nuestro lado tantos incapaces de darnos lo que necesitamos. Dios decide pasar en la persona de Cristo. Al meditar la parábola desde nuestra situación en el mundo de hoy nos damos cuenta de que es un cuadro del que somos testigos a diario. Y podemos identificarnos con todos los personajes de la parábola. vuelta. Ese regreso del Señor es su parusía, el momento de nuestro encuentro con él en la gran hora de la verdad.
Relación con la Eucaristía:
Prepararnos para participar en la eucaristía es interesarnos por la injusta situación de tantas personas en nuestro alrededor... No son los bandidos los que hacen temible el camino, sino la indiferencia de /os buenos. La Eucaristía como la gran «proximidad» de Dios a nosotros que, a pesar de ello, no puede quedar sin consecuencias para la vida cotidiana. Desgraciadamente es posible que, a pesar de la participación en el memorial del sacrificio de Cristo «por todos los hombres», los cristianos pasemos por el mundo sin darnos cuenta de los hombres...
La Eucaristía es la actualización de la acción única y definitiva del «buen samaritano-Jesucristo» ofrecida constantemente a la Iglesia para que cada cristiano aprenda y al mismo tiempo se fortalezca en el ejercicio de la misericordia.

viernes, 12 de julio de 2019

VIERNES 12 DE JULIO



Contemplar el Evangelio de hoy

Día litúrgico: Viernes XIV del tiempo ordinario
Ver 1ª Lectura y Salmo
Texto del Evangelio (Mt 10,16-23): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como las serpientes, y sencillos como las palomas. Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas; y por mi causa seréis llevados ante gobernadores y reyes, para que deis testimonio ante ellos y ante los gentiles. Mas cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué vais a hablar. Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros.

Entregará a la muerte hermano a hermano y padre a hijo; se levantarán hijos contra padres y los matarán. Y seréis odiados de todos por causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará. Cuando os persigan en una ciudad huid a otra, y si también en ésta os persiguen, marchaos a otra. Yo os aseguro: no acabaréis de recorrer las ciudades de Israel antes que venga el Hijo del hombre».
Comentario:P. Josep LAPLANA OSB Monje de Montserrat (Montserrat, Barcelona, España)
«Seréis odiados de todos por causa de mi nombre»
Hoy, el Evangelio remarca las dificultades y las contradicciones que el cristiano habrá de sufrir por causa de Cristo y de su Evangelio, y como deberá resistir y perseverar hasta el final. Jesús nos prometió: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20); pero no ha prometido a los suyos un camino fácil, todo lo contrario, les dijo: «Seréis odiados de todos por causa de mi nombre» (Mt 10,22).

La Iglesia y el mundo son dos realidades de “difícil” convivencia. El mundo, que la Iglesia ha de convertir a Jesucristo, no es una realidad neutra, como si fuera cera virgen que sólo espera el sello que le dé forma. Esto habría sido así solamente si no hubiese habido una historia de pecado entre la creación del hombre y su redención. El mundo, como estructura apartada de Dios, obedece a otro señor, que el Evangelio de san Juan denomina como “el señor de este mundo”, el enemigo del alma, al cual el cristiano ha hecho juramento —en el día de su bautismo— de desobediencia, de plantarle cara, para pertenecer sólo al Señor y a la Madre Iglesia que le ha engendrado en Jesucristo.

Pero el bautizado continúa viviendo en este mundo y no en otro, no renuncia a la ciudadanía de este mundo ni le niega su honesta aportación para sostenerlo y para mejorarlo; los deberes de ciudadanía cívica son también deberes cristianos; pagar los impuestos es un deber de justicia para el cristiano. Jesús dijo que sus seguidores estamos en el mundo, pero no somos del mundo (cf. Jn 17,14-15). No pertenecemos al mundo incondicionalmente, sólo pertenecemos del todo a Jesucristo y a la Iglesia, verdadera patria espiritual, que está aquí en la tierra y que traspasa la barrera del espacio y del tiempo para desembarcarnos en la patria definitiva del cielo.

Esta doble ciudadanía choca indefectiblemente con las fuerzas del pecado y del dominio que mueven los mecanismos mundanos. Repasando la historia de la Iglesia, Newman decía que «la persecución es la marca de la Iglesia y quizá la más duradera de todas».