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sábado, 21 de septiembre de 2019

DOMINGO 22 DE SEPTIEMBRE





VIDA NUEVA
La parábola del administrador infiel
La fidelidad a Dios como único Señor
Evangelio: san Lucas 16, 1-13: “No es posible servir a Dios y al dinero”.
El tema de la Palabra en la Liturgia de este Domingo 25 del tiempo ordinario es la responsabilidad en la administración y uso del dinero-Ante Dios somos responsables de la totalidad de nuestra vida. Cuando juzgamos que hay espacios de nuestra actividad que no tienen que ver con nuestra fe activa estamos equivocados. La dimensión política, social, laboral de nuestras responsabilidades debe estar iluminada por la Palabra de Dios.
No servir a las riquezas
El Evangelio nos muestra el peligro que tiene la riqueza y cómo fácilmente se convierte en un instrumento de poder y, y tarde o temprano, de opresión. En definitiva, la riqueza tiende a esclavizar a quien la posee, porque lo convierte en servidor de la propia riqueza. -Algunos puntos de la enseñanza de este pasaje del evangelio según San Lucas: - Primero: Lo que está en cuestión no es tener o no tener dinero, sino cómo usamos el dinero. De acuerdo con el Evangelio y la enseñanza de la Iglesia, el dinero está para ser compartido con los necesitados. El dinero está para servir a causas buenas. Este es el sentido de «hacerse amigos con el dinero en las moradas eternas». -Segundo: El dinero es el signo y la expresión del trabajo humano. El trabajo humano es más importante que el dinero. Poner el dinero en primer lugar y el trabajo en segundo, en cualquier sistema económico, es deshumanizar el trabajo y corromper el verdadero sentido del dinero.-Tercero: En el fondo, la cuestión fundamental sobre el dinero es la cuestión del sentido de la vida y sobre dónde está nuestro corazón.
En el mundo sin ser del mundo
Pero el cristiano vive inserto en un mundo donde los criterios de su fe no son seguidos y, por el contrario, son quebrantados. Está en un mundo caracterizado por la violencia del más fuerte o del más astuto, un mundo como el que describe Amós en su época.
El Señor nos invita a buscar con audacia los mejores caminos, teniendo siempre como norte la obra salvadora del mundo en que vivimos y donde somos testigos de su amor por todos, en especial por los más desprotegidos. Nos habla de la responsabilidad en el manejo de los bienes ajenos para llegar a la conclusión de que, por nuestras ambiciones desmedidas, no podemos hacer del dinero un dios, ídolo falso, a quien podemos llegar a sacrificar la vida. Nos quejamos de la corrupción de los encargados de administrar los bienes de la nación. ¿Tiene esa actitud una dimensión solamente social o tiene que ver con la responsabilidad cristiana del creyente en Jesús? - La enseñanza del Señor acentúa la manera como el discípulo debe actuar en el mundo, consciente de sus responsabilidades de creyente, apelando incluso a la sagacidad en el vivir. Respecto de la riqueza (dinero, talentos, capacidades), somos simples administradores de bienes recibidos de Dios, para la perfección propia y de los demás en sus necesidades materiales y culturales.
El administrador fiel...
En la parábola de Lucas se repite por siete veces el término «administrador» o «administración», que viene a ser así la palabra clave del pasaje y del mensaje que el Señor quiere dejarme. Trato ahora de buscar en las Escrituras algunas huellas, o una luz que me ayude a entender mejor y a verificar mi vida, mi administración que el Señor me ha confiado. - En el Antiguo Testamento se encuentra varias veces esta realidad, sobre todo referida a las riquezas de los reyes o a las riquezas de las ciudades o imperios: en los libros de las Crónicas, por ejemplo, se habla de administradores del rey David  y así también en los libros de Ester, Daniel y Tobías  encontramos administradores de reyes y príncipes. Es una administración del todo mundana, ligada a las posesiones, al dinero, a la riqueza, al poder; o sea, ligada a una realidad negativa, como la acumulación, la usurpación, la violencia. Es, en resumen, una administración que acaba, caduca y engañosa, aun cuando se reconozca que ella sea, en cierta medida, necesaria para el desarrollo de la sociedad.
El Nuevo Testamento, al contrario, nos introduce de pronto en una dimensión diversa, más elevada, porque mira a las cosas del espíritu, del alma, cosas que no terminan, que no se cambian con el mudar de los tiempos y de las personas. San Pablo dice: «Cada uno se considere como ministro de Cristo y administrador de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que se requiere en los administradores es que cada uno resulte fiel» y Pedro: «Cada uno viva según la gracia recibida, poniéndola al servicio de los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios». - Por tanto comprendemos que nosotros somos unos administradores de los misterios y de la gracia de Dios, a través del instrumento pobre y miserable que es nuestra misma vida; en ella nosotros estamos llamados a ser fieles y buenos. Pero este adjetivo «bueno»” es igual al que Juan usa refiriéndose al pastor, a Jesús: «kalós», a saber, bello y bueno. Y ¿por qué? Simplemente porque ofrece su vida al Padre por las ovejas. Esta es la única verdadera administración que se me confía en este mundo, para el mundo futuro.
El administrador «sagaz» - Es posible que la lectura del evangelio de este domingo nos haya causado un poco de extrañeza y malestar. Vivimos en un mundo de corrupción y nos puede quedar la sensación de que el administrador corrupto sea tratado con cierta benevolencia. No olvidemos que estamos ante una parábola y no ante un hecho histórico que lleve nombres propios. Lo importante en el texto es por tanto la lección que el Señor nos quiere dar en lo que concierne a nuestra responsabilidad y nuestro papel en la salvación del mundo. - Cuando Jesús dirige esta parábola a sus discípulos va camino de Jerusalén. No es una marcha de ángeles sino de hombres y mujeres sujetos a necesidades cotidianas: - alimentarse, alojarse, descansar. Vivimos entonces en una tensión ante dos realidades que nos tocan íntimamente en nuestra condición de habitantes del mundo en el discurrir del tiempo, y nuestra fundamental vocación a trascender la vida y llegar a Dios. Mucho discernimiento y buen juicio necesitamos para no equivocarnos en las opciones que debemos hacer: ni descuidar nuestro compromiso de construcción del mundo en que vivimos, ni olvido y negligencia ante nuestra vocación de hijos de Dios y de testigos de su presencia en el mundo. - Relación con la Eucaristía - Celebramos el gran don de Dios: la salvación que exige libertad interior. Que nada nos ate, para estar libres en los planes de Dios y sepamos compartir, como en esta mesa de hermanos.

viernes, 20 de septiembre de 2019

VIERNES 20 DE SEPTEIMBRE




Contemplar el Evangelio de hoy

Día litúrgico: Viernes XXIV del tiempo ordinario
Ver santoral
Ver 1ª Lectura y Salmo
Texto del Evangelio (Lc 8,1-3): En aquel tiempo, Jesús iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios; le acompañaban los Doce, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.
Comentario:Rev. D. Jordi PASCUAL i Bancells (Salt, Girona, España)
«Jesús iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios»
Hoy, nos fijamos en el Evangelio en lo que sería una jornada corriente de los tres años de vida pública de Jesús. San Lucas nos lo narra con pocas palabras: «Jesús iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva» (Lc 8,1). Es lo que contemplamos en el tercer misterio de Luz del Santo Rosario.

Comentando este misterio dice el Papa San Juan Pablo II: «Misterio de luz es la predicación con la que Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios e invita a la conversión, perdonando los pecados de quien se acerca a Él con fe humilde, iniciando así el misterio de misericordia que Él continuará ejerciendo hasta el fin del mundo, especialmente a través del sacramento de la Reconciliación confiado a la Iglesia».

Jesús continúa pasando cerca de nosotros ofreciéndonos sus bienes sobrenaturales: cuando hacemos oración, cuando leemos y meditamos el Evangelio para conocerlo y amarlo más e imitar su vida, cuando recibimos algún sacramento, especialmente la Eucaristía y la Penitencia, cuando nos dedicamos con esfuerzo y constancia al trabajo de cada día, cuando tratamos con la familia, los amigos o los vecinos, cuando ayudamos a aquella persona necesitada material o espiritualmente, cuando descansamos o nos divertimos... En todas estas circunstancias podemos encontrar a Jesús y seguirlo como aquellos doce y aquellas santas mujeres.

Pero, además, cada uno de nosotros es llamado por Dios a ser también “Jesús que pasa”, para hablar —con nuestras obras y nuestras palabras— a quienes tratamos acerca de la fe que llena de sentido nuestra existencia, de la esperanza que nos mueve a seguir adelante por los caminos de la vida fiados del Señor, y de la caridad que guía todo nuestro actuar.

La primera en seguir a Jesús y en “ser Jesús” es María. ¡Que Ella con su ejemplo y su intercesión nos ayude!

jueves, 19 de septiembre de 2019

JUEVES 19 DE SEPTIEMBRE




Contemplar el Evangelio de hoy

Día litúrgico: Jueves XXIV del tiempo ordinario
Ver 1ª Lectura y Salmo
Texto del Evangelio (Lc 7,36-50): En aquel tiempo, un fariseo rogó a Jesús que comiera con él, y, entrando en la casa del fariseo, se puso a la mesa. Había en la ciudad una mujer pecadora pública, quien al saber que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume, y poniéndose detrás, a los pies de Jesús, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume.

Al verlo el fariseo que le había invitado, se decía para sí: «Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora». Jesús le respondió: «Simón, tengo algo que decirte». Él dijo: «Di, maestro». «Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?». Respondió Simón: «Supongo que aquel a quien perdonó más». Él le dijo: «Has juzgado bien», y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas, y los ha secado con sus cabellos. No me diste el beso. Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra».

Y le dijo a ella: «Tus pecados quedan perdonados». Los comensales empezaron a decirse para sí: «¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?». Pero Él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado. Vete en paz».
Comentario:Mons. José Ignacio ALEMANY Grau, Obispo Emérito de Chachapoyas (Chachapoyas, Perú)
«A los pies de Jesús, comenzó a llorar»
Hoy, Simón fariseo, invita a comer a Jesús para llamar la atención de la gente. Era un acto de vanidad, pero el trato que dio a Jesús al recibirlo, no correspondió ni siquiera a lo más elemental.

Mientras cenan, una pecadora pública hace un gran acto de humildad: «Poniéndose detrás, a los pies de Jesús, comenzó a llorar y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume» (Lc 7,38).

El fariseo, en cambio, al recibir a Jesús no le dio el beso del saludo, agua para sus pies, toalla para secarlos, ni le ungió la cabeza con aceite. Además el fariseo piensa mal: «Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora» (Lc 7,39). ¡De hecho, el que no sabía con quién trataba era el fariseo!

El Papa Francisco ha insistido mucho en la importancia de acercarse a los enfermos y así “tocar la carne de Cristo”. Al canonizar a santa Guadalupe García, Francisco dijo: «Renunciar a una vida cómoda para seguir la llamada de Jesús; amar la pobreza, para poder amar más a los pobres, enfermos y abandonados, para servirles con ternura y compasión: esto se llama “tocar la carne de Cristo”. Los pobres, abandonados, enfermos y los marginados son la carne de Cristo». Jesús tocaba a los enfermos y se dejaba tocar por ellos y los pecadores.

La pecadora del Evangelio tocó a Jesús y Él estaba feliz viendo cómo se transformaba su corazón. Por eso le regaló la paz recompensando su fe valiente. —Tú, amigo, ¿te acercas con amor para tocar la carne de Cristo en tantos que pasan junto a ti y te necesitan? Si sabes hacerlo, tu recompensa será la paz con Dios, con los demás y contigo mismo.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

MIERCOLES 18 DE SEPTEIMBRE




Contemplar el Evangelio de hoy

Día litúrgico: Miércoles XXIV del tiempo ordinario
Ver 1ª Lectura y Salmo
Texto del Evangelio (Lc 7,31-35): En aquel tiempo, el Señor dijo: «¿Con quién, pues, compararé a los hombres de esta generación? Y ¿a quién se parecen? Se parecen a los chiquillos que están sentados en la plaza y se gritan unos a otros diciendo: ‘Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado, os hemos entonado endechas, y no habéis llorado’. Porque ha venido Juan el Bautista, que no comía pan ni bebía vino, y decís: ‘Demonio tiene’. Ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: ‘Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores’. Y la Sabiduría se ha acreditado por todos sus hijos».
Comentario:Rev. D. Xavier SERRA i Permanyer (Sabadell, Barcelona, España)
«¿Con quién, pues, compararé a los hombres de esta generación?»
Hoy, Jesús constata la dureza de corazón de la gente de su tiempo, al menos de los fariseos, que están tan seguros de sí mismos que no hay quien les convierta. No se inmutan ni delante de Juan el Bautista, «que no comía pan ni bebía vino» (Lc 7,33), y le acusaban de tener un demonio; ni tampoco se inmutan ante el Hijo del hombre, «que come y bebe», y le acusan de “comilón” y “borracho”, es más, de ser «amigo de publicanos y pecadores» (Lc 7,34). Detrás de estas acusaciones se esconden su orgullo y soberbia: nadie les ha de dar lecciones; no aceptan a Dios, sino que se hacen su dios, un dios que no les mueva de sus comodidades, privilegios e intereses.

Nosotros también tenemos este peligro. ¡Cuántas veces lo criticamos todo: si la Iglesia dice eso, porque dice aquello, si dice lo contrario...!; y lo mismo podríamos criticar refiriéndonos a Dios o a los demás. En el fondo, quizá inconscientemente, queremos justificar nuestra pereza y falta de deseo de una verdadera conversión, justificar nuestra comodidad y falta de docilidad. Dice san Bernardo: «¿Qué más lógico que no ver las propias llagas, especialmente si uno las ha tapado con el fin de no poderlas ver? De esto se sigue que, ulteriormente, aunque se las descubra otro, defienda con tozudez que no son llagas, dejando que su corazón se abandone a palabras engañosas».

Hemos de dejar que la Palabra de Dios llegue a nuestro corazón y nos convierta, dejar cambiarnos, transformarnos con su fuerza. Pero para eso hemos de pedir el don de la humildad. Solamente el humilde puede aceptar a Dios, y, por tanto, dejar que se acerque a nosotros, que como “publicanos” y “pecadores” necesitamos que nos cure. ¡Ay de aquél que crea que no necesita al médico! Lo peor para un enfermo es creerse que está sano, porque entonces el mal avanzará y nunca pondrá remedio. Todos estamos enfermos de muerte, y solamente Cristo nos puede salvar, tanto si somos conscientes de ello como si no. ¡Demos gracias al Salvador, acogiéndolo como tal!