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lunes, 22 de abril de 2019

lunes 22 de abril



Contemplar el Evangelio de hoy

Día litúrgico: Lunes de la octava de Pascua
Ver 1ª Lectura y Salmo
Texto del Evangelio (Mt 28,8-15): En aquel tiempo, las mujeres partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos. En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «¡Dios os guarde!». Y ellas se acercaron a Él, y abrazándole sus pies, le adoraron. Entonces les dice Jesús: «No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».

Mientras ellas iban, algunos de la guardia fueron a la ciudad a contar a los sumos sacerdotes todo lo que había pasado. Estos, reunidos con los ancianos, celebraron consejo y dieron una buena suma de dinero a los soldados, advirtiéndoles: «Decid: ‘Sus discípulos vinieron de noche y le robaron mientras nosotros dormíamos’. Y si la cosa llega a oídos del procurador, nosotros le convenceremos y os evitaremos complicaciones». Ellos tomaron el dinero y procedieron según las instrucciones recibidas. Y se corrió esa versión entre los judíos, hasta el día de hoy.
Comentario:Rev. D. Joan COSTA i Bou (Barcelona, España)
«Las mujeres partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos»
Hoy, la alegría de la resurrección hace de las mujeres que habían ido al sepulcro mensajeras valientes de Cristo. «Una gran alegría» sienten en sus corazones por el anuncio del ángel sobre la resurrección del Maestro. Y salen “corriendo” del sepulcro para anunciarlo a los Apóstoles. No pueden quedar inactivas y sus corazones explotarían si no lo comunican a todos los discípulos. Resuenan en nuestras almas las palabras de Pablo: «La caridad de Cristo nos urge» (2Cor 5,14).

Jesús se hace el “encontradizo”: lo hace con María Magdalena y la otra María —así agradece y paga Cristo su osadía de buscarlo de buena mañana—, y lo hace también con todos los hombres y mujeres del mundo. Y más todavía, por su encarnación, se ha unido, en cierto modo, a todo hombre.

Las reacciones de las mujeres ante la presencia del Señor expresan las actitudes más profundas del ser humano ante Aquel que es nuestro Creador y Redentor: la sumisión —«se asieron a sus pies» (Mt 28,9)— y la adoración. ¡Qué gran lección para aprender a estar también ante Cristo Eucaristía!

«No tengáis miedo» (Mt 28,10), dice Jesús a las santas mujeres. ¿Miedo del Señor? Nunca, ¡si es el Amor de los amores! ¿Temor de perderlo? Sí, porque conocemos la propia debilidad. Por esto nos agarramos bien fuerte a sus pies. Como los Apóstoles en el mar embravecido y los discípulos de Emaús le pedimos: ¡Señor, no nos dejes!

Y el Maestro envía a las mujeres a notificar la buena nueva a los discípulos. Ésta es también tarea nuestra, y misión divina desde el día de nuestro bautizo: anunciar a Cristo por todo el mundo, «a fin que todo el mundo pueda encontrar a Cristo, para que Cristo pueda recorrer con cada uno el camino de la vida, con la potencia de la verdad (...) contenida en el misterio de la Encarnación y de la Redención, con la potencia del amor que irradia de ella» (San Juan Pablo II).

sábado, 13 de abril de 2019

DOMINGO 14 DE ABRIL



VIDA NUEVA
Domingo de Ramos
El Amor sacrificado
Pasión según san Lucas 23,1-49
Con una fe muy iluminada en el Señor Jesús, nuestro salvador, que hace su entrada mesiánica a Jerusalén, entremos nosotros en la celebración de la Semana Santa, la gran Semana, la Semana Mayor.
No sólo recordamos en ella que en la primera semana de abril del año 30 murió y resucitó Cristo, sino que en la Liturgia hacemos presente hoy ese Misterio en nuestro mundo y en nuestra vida. Es el acontecimiento central de nuestra fe. En él vivimos el amor de Dios para nosotros en toda su intensidad y en él se funda nuestra esperanza de una vida eterna y definitiva.
Memoria viva del Señor que muere y resucita
Hemos escuchado en el evangelio de san Lucas el relato conmovedor de la pasión de Jesucristo. El costo de esta obra, excepcional y sin par en la historia, es grande: es la pasión y muerte de Jesucristo para pasar a su resurrección. Lo celebramos en esta semana. No es el recuerdo de un pasado que la humanidad no puede olvidar sino el hacer que ese pasado venga de nuevo ante nosotros con toda su fuerza salvadora a través de las celebraciones de la liturgia.
Lo que fue el anuncio de una misión de salvación, meditado luego por la comunidad cristiana, recibe nombre propio, Jesús, el Cristo, que padece por el hombre, en un tiempo y en un lugar determinados. El relato del evangelio no es sólo una crónica de esta serie de hechos dolorosos sino también una teología que nos descubre el sentido de un acontecimiento único en la historia y nos deja escuchar el testimonio emotivo de un discípulo que ama tiernamente a Jesucristo y lo acompaña en su pasión.
La alegría se torna en sufrimiento
Este Domingo de Ramos, cuando conmemoramos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén es momento propicio para descubrir cómo la alegría se torna en sufrimiento, cómo un pueblo que ahora lo aclama con palmas, será el que el Viernes Santo, animado por sus dirigentes pedirá para Él la crucifixión.
Como en todo su evangelio, en su relato de la Pasión, Lucas destaca sobre todo la misericordia de Dios, revelada en la persona de Cristo. Las «palabras de Jesús en la Cruz» nos las da en buena parte san Lucas: el perdón por los que no saben lo que hacen, la promesa del paraíso al ladrón arrepentido, la suprema confianza del abandono en manos del Padre...
El evangelista nos orienta también sobre las actitudes que corresponden a nuestro espíritu: las lágrimas de Pedro, la compasión de las mujeres de Jerusalén, la conmoción de la gente que se vuelve dándose golpes al pecho...
Presencia de la bondad de Dios
¡Maravillosa y Santa Semana que hace presente la Bondad de Dios y su amor al hombre! «Ustedes, los que pasan por el camino de la vida: miren y vean si hay un dolor parecido a mi dolor» (Lm. 1, 12), reza y canta reiteradamente la Iglesia en estos días.
La palabra de Dios nos invita a la meditación de este misterio que nos sobrepasa inmensamente. ¿Cómo y por qué el Hijo de Dios, que es Jesucristo, padece tan dolorosamente y muere crucificado? Todo obedece a un designio de Dios Padre en su plan de salvación del hombre. El nos ha enviado a su Hijo Jesucristo para que se haga hombre como nosotros. Al asumir nuestra condición se abre a la posibilidad de la muerte. Pero él es sobre todo el Mesías, personaje prometido, que en nombre de la humanidad y para su bien debía enfrentar la muerte de la cruz.

viernes, 12 de abril de 2019

VIERNES 12 DE ABRIL



Contemplar el Evangelio de hoy

Día litúrgico: Viernes V de Cuaresma
Ver 1ª Lectura y Salmo
Texto del Evangelio (Jn 10,31-42): En aquel tiempo, los judíos trajeron otra vez piedras para apedrearle. Jesús les dijo: «Muchas obras buenas que vienen del Padre os he mostrado. ¿Por cuál de esas obras queréis apedrearme?». Le respondieron los judíos: «No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por una blasfemia y porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios». Jesús les respondió: «¿No está escrito en vuestra Ley: ‘Yo he dicho: dioses sois’? Si llama dioses a aquellos a quienes se dirigió la Palabra de Dios —y no puede fallar la Escritura— a aquel a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo, ¿cómo le decís que blasfema por haber dicho: ‘Yo soy Hijo de Dios’? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, aunque a mí no me creáis, creed por las obras, y así sabréis y conoceréis que el Padre está en mí y yo en el Padre». Querían de nuevo prenderle, pero se les escapó de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había estado antes bautizando, y se quedó allí. Muchos fueron donde Él y decían: «Juan no realizó ninguna señal, pero todo lo que dijo Juan de éste, era verdad». Y muchos allí creyeron en Él.
Comentario:Rev. D. Carles ELÍAS i Cao (Barcelona, España)
«¿Por cuál de esas obras queréis apedrearme?»
Hoy viernes, cuando sólo falta una semana para conmemorar la muerte del Señor, el Evangelio nos presenta los motivos de su condena. Jesús trata de mostrar la verdad, pero los judíos lo tienen por blasfemo y reo de lapidación. Jesús habla de las obras que realiza, obras de Dios que lo acreditan, de cómo puede darse a sí mismo el título de “Hijo de Dios”... Sin embargo, habla desde unas categorías difíciles de entender para sus adversarios: “estar en la verdad”, “escuchar su voz”...; les habla desde el seguimiento y el compromiso con su persona que hacen que Jesús sea conocido y amado —«Maestro, ¿dónde vives?», le preguntaron los discípulos al inicio de su ministerio (Jn 1,38)—. Pero todo parece inútil: es tan grande lo que Jesús intenta decir que no pueden entenderlo, solamente lo podrán comprender los pequeños y sencillos, porque el Reino está escondido a los sabios y entendidos.

Jesús lucha por presentar argumentos que puedan aceptar, pero el intento es en vano. En el fondo, morirá por decir la verdad sobre sí mismo, por ser fiel a sí mismo, a su identidad y a su misión. Como profeta, presentará una llamada a la conversión y será rechazado, un nuevo rostro de Dios y será escupido, una nueva fraternidad y será abandonado.

De nuevo se alza la Cruz del Señor con toda su fuerza como estandarte verdadero, como única razón indiscutible: «¡Oh admirable virtud de la santa cruz! ¡Oh inefable gloria del Padre! En ella podemos considerar el tribunal del Señor, el juicio del mundo y el poder del crucificado. ¡Oh, sí, Señor: atrajiste a ti todas las cosas cuando, teniendo extendidas todo el día tus manos hacia el pueblo incrédulo y rebelde (cf. Is 65,2), el universo entero comprendió que debía rendir homenaje a tu majestad!» (San León Magno). Jesús ha de huir al otro lado del Jordán y quienes de veras creen el Él se trasladan allí dispuestos a seguirle y a escucharle.

jueves, 11 de abril de 2019

JUEVES 11 DE ABRIL




 
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Contemplar el Evangelio de hoy

Día litúrgico: Jueves V de Cuaresma
Ver 1ª Lectura y Salmo
Texto del Evangelio (Jn 8,51-59): En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: «En verdad, en verdad os digo: si alguno guarda mi Palabra, no verá la muerte jamás». Le dijeron los judíos: «Ahora estamos seguros de que tienes un demonio. Abraham murió, y también los profetas; y tú dices: ‘Si alguno guarda mi Palabra, no probará la muerte jamás’. ¿Eres tú acaso más grande que nuestro padre Abraham, que murió? También los profetas murieron. ¿Por quién te tienes a ti mismo?». Jesús respondió: «Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada; es mi Padre quien me glorifica, de quien vosotros decís: ‘Él es nuestro Dios’, y sin embargo no le conocéis, yo sí que le conozco, y si dijera que no le conozco, sería un mentiroso como vosotros. Pero yo le conozco, y guardo su Palabra. Vuestro padre Abraham se regocijó pensando en ver mi día; lo vio y se alegró». Entonces los judíos le dijeron: «¿Aún no tienes cincuenta años y has visto a Abraham?». Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo: antes de que Abraham existiera, Yo Soy». Entonces tomaron piedras para tirárselas; pero Jesús se ocultó y salió del Templo.
Comentario:Rev. D. Enric CASES i Martín (Barcelona, España)
«Vuestro Padre Abraham se regocijó pensando en ver mi día; lo vio y se alegró»
Hoy nos sitúa san Juan ante una manifestación de Jesús en el Templo. El Salvador revela un hecho desconocido para los judíos: que Abraham vio y se alegró al contemplar el día de Jesús. Todos sabían que Dios había hecho una alianza con Abraham, asegurándole grandes promesas de salvación para su descendencia. Sin embargo, desconocían hasta qué punto llegaba la luz de Dios. Cristo les revela que Abraham vio al Mesías en el día de Yahvé, al cual llama mi día.

En esta revelación Jesús se muestra poseyendo la visión eterna de Dios. Pero, sobre todo se manifiesta como alguien preexistente y presente en el tiempo de Abraham. Poco después, en el fuego de la discusión, cuando le alegan que aún no tiene cincuenta años les dice: «En verdad, en verdad os digo: antes de que Abraham existiera, Yo Soy» (Jn 8,58) Es una declaración notoria de su divinidad, podían entenderla perfectamente, y también hubieran podido creer si hubieran conocido más al Padre. La expresión “Yo soy” es parte del tetragrama santo Yahvhé, revelado en el monte Sinaí.

El cristianismo es más que un conjunto de reglas morales elevadas, como pueden ser el amor perfecto, o, incluso, el perdón. El cristianismo es la fe en una persona. Jesús es Dios y hombre verdadero. «Perfecto Dios y perfecto Hombre», dice el Símbolo Atanasiano. San Hilario de Poitiers escribe en una bella oración: «Otórganos, pues, un modo de expresión adecuado y digno, ilumina nuestra inteligencia, haz también que nuestras palabras sean expresión de nuestra fe, es decir, que nosotros, que por los profetas y los Apóstoles te conocemos a ti, Dios Padre y al único Señor Jesucristo, podamos también celebrarte a ti como Dios, en quien no hay unicidad de persona, y confesar a tu Hijo, en todo igual a ti».