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sábado, 2 de junio de 2018

DOMINGO 3 DE JUNIO




CORPUS CHRISTI 2018.
50 AÑOS DEL CONGRESO EUCARÍSTICO DE BOGOTÁ
CAMINO, COMUNIÓN, ADORACIÓN.
Amadísimos Hermanos:
Una vez más la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Jesús. Signos,
palabras, mensajes, Cristo vivo proclamado y llevado en triunfo por
nuestras calles, Cristo vivo adorado y glorificado en el corazón de la
Iglesia.
CAMINO.
La primera lectura de este domingo nos lleva al desierto. Moisés
cumple una tarea sacerdotal y levanta en la aridez de aquellas
regiones un altar para ofrecer sacrificios, mientras que el pueblo decía
con decidida esperanza: “haremos todo lo que diga el Señor” 1 ,
formalizando, con sangre derramada, la alianza en la que Dios se
compromete a estar con su pueblo.
La Eucaristía celebrada hoy con solemne piedad, nos dejará sobre la
mesa santa el Pan para el Camino. Todo camino parte de algún lado y
quiere llegar a otro. Nuestro camino sale del costado abierto de Jesús
y espera llegar un día al mismo punto de partida tras haber llenado la
historia humana con la presencia del que prometió mantener la Alianza
sellada con su sangre, como nos lo cuenta San Marcos en el
Evangelio 2 , mientras que se hace solidario caminante, celoso amigo,
constante y fiel compañero de la vida de la Iglesia peregrina.
En nuestro camino hay mucha sangre. Sangre de mártires, sangre de
dolores, sangre de hermanos que van dejando huellas dolientes en los
senderos de la historia. Cuanto quisiéramos que esa entrega de tantos
se vuelva paz y consuelo, vida y fraternidad que sostenga la
esperanza, que calme la sed de justicia, que nos transforme desde
dentro para proseguir nuestros caminos con el corazón sanado por el
amor.

1 Éxodo 24, 7.
2 Cfr. Marcos 14,24.

2

Comunión.
Hace cincuenta años estábamos por estos días memorizando las
músicas y letras que habrían de servir para ambientar el Congreso
Eucarístico de Bogotá. En 1968, cantábamos al misterio del amor
entregado un bellísimo himno que decía que Dios es amor y que en
sus estrofas entonaba:

En tu hermano Yo estoy, dice el Señor
quiero encontrarme en él en su dolor
son mi paz y mi ley un vínculo de unión
y un incendio de amor, amor 3 .

La Eucaristía, aliento del pueblo santo y signo de su esperanza, debe
formarnos para la unidad y para la comunión. Cómo olvidar los peces
unidos del símbolo del Congreso Eucarístico que fue profético
mientras que el mundo se debatía en contiendas internas dolorosas y
en crisis de vida y de esperanza.
Hoy más que nunca el Sacramento adorable debe ser vínculo de
unión, espacio para mirar unidos no sólo a la presencia adorable del
Señor, sino también la eficacia de su amor que restaura el corazón de
la humanidad, que devuelve la dignidad, que alimenta de modo
verdadero la existencia humana. Cuando tantos proponen un
humanismo, el Dios de la vida entendió el humanismo del Pan que, al
tiempo, alimenta, sana, conforta, nutre; haciendo de este medio tan
elemental el signo de su presencia, presencia que se hace viva
también en la realidad del hermano, El Beato Paulo Sexto hace
cincuenta años en Bogotá nos lo recordó:
Por lo demás Jesús mismo nos lo ha dicho en una página solemne del
evangelio, donde proclama que cada hombre doliente, hambriento,
enfermo, desafortunado, necesitado de compasión, y de ayuda es El,
como si El mismo fuese ese infeliz, según la misteriosa y potente
sociología, (Cf. Mt 25, 35 ss) según el humanismo de Cristo. 4
Seamos comunión de esperanza y signos de Dios.
La Eucaristía debe generar esa unidad para que la comunión permita
que el Altar sea, como lo explica bellamente la segunda lectura 5 , el
3 Canto tradicional colombiano, con letra del P. Francisco de Roux s.i y música del P. Juan José Briceño s.i.
4 Beato Paulo VI. Homilía a los Campesinos en el campo de Mosquera, agosto 23 de 1968.

3

signo de purifica nuestra conciencia de todo mal, de todo egoísmo, de
toda soledad.
Adoración.
Es el sentimiento más alto de nuestra fe, porque adorar implica
reconocer la presencia misteriosa de Dios y volverla luz para nuestra
vida que se abisma ante el gesto de amor que se perpetúa en la vida.
Si reconocemos al Señor vivo y presente, es porque entendimos que
Él es, como decía Santa Laura Montoya “Corazón de mi Dios y Dios
de mi corazón” 6 , que ilumina cada gesto de amor y nos une cada vez
más.
Adoremos al Señor, tan vivo, tan cercano, tan amigo nuestro.
Acompañemos su presencia, a veces tan olvidada, para que al
postrarnos delante Él, nos decidamos a hacer de la Eucaristía la
evidencia de la perpetua gloria del Señor que, sin mérito de nuestra
parte, supo que en nuestro corazón peregrino falta amor y falta luz y
se quiso quedar con nosotros, más no estático e inactivo, sino en
continuo movimiento para acompañar nuestro camino, para unirnos en
comunión, para acogerlo en la íntima fibra de nuestro corazón, de
modo que nos impulse a seguir sus palabras y a hacer de nuestra vida
una adoración dinámica y a la vez gozosa.
¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me hizo? Alzaré la copa de
la salvación, invocando el nombre del Señor, decía el Salmo de hoy 7 .
Unidos a la Madre gloriosa del Señor de la vida, levantemos nuestros
corazones y tomemos en cuenta que María y el Éxodo nos vuelven a
recordar que sólo seremos felices cuando vivamos la fórmula de la
vida verdadera: “haremos lo que diga el Señor” o también “hagan lo
que él diga” 8 .
Salve Jesús Eucaristía, CAMINO, COMUNIÓN Y ADORACIÓN de nuestro
corazón. Amén.

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