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Emisora Vida Nueva

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Vida Nueva Cali - Reproductor

sábado, 24 de mayo de 2025

DOMINGO 25 DE MAYO

 

          “Mi paz os dejo, mi paz os doy”

Se aprecia muy bien en las lecturas de este domingo que el Espíritu que habita la Iglesia es el fruto final de la Pascua.

Aparece en la primera lectura guiando a la comunidad cristiana, inspirando el discerni­miento y la decisión sobre cuestiones que dividían a los conver­tidos.

La segunda es una parte de la revelación que recibe el Apóstol Juan sobre la presencia de Dios en la Iglesia, por su Espíritu. La luz de la nueva Jerusalén es el mismo Señor. Nosotros estamos lla­ma­dos a participar de esa luz a través del Espíritu que recibimos y a compartirla con los demás.

Y el evangelio nos hace ver que quien ama a Jesús cumplirá sus palabras. Esa será la condi­ción para que el Padre envíe al Espíritu Santo en el nombre de Jesucristo y pueda venir y hacer morada en quienes guardan sus palabras.

Dos consecuencias de hacernos morada de Dios son: el Espíritu nos enseñará y nos re­cor­dará todo lo que Jesús nos ha dicho; y la paz de Jesús nos ayudará a superar toda inquietud y cobardía.

6 DOMINGO DE PASCUA    -       25 DE  MAYO

LECTURAS:                    . 

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 15, 1-2. 22-29 :”En aquellos días, unos que bajaron de Judea se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban conforme al uso de Moisés, no podían salvarse. Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé;…”

Salmo 66,  R/. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.

Lectura del Libro del Apocalipsis 21, 10-14. 22-23 :”El ángel me llevó en espíritu a un monte grande y elevado, y me mostró la ciudad santa de Jerusalén que descendía del cielo, de parte de Dios, y tenía la gloria de Dios; su resplandor era semejante a una piedra muy preciosa, como piedra de jaspe cristalino…”

Lectura del santo Evangelio según San Juan 14, 23-29 :”En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él….

”Reflexión del Evangelio de hoy

 

Jesús: gestos, acciones y palabras

El amor fraterno es la señal por la que se reconocerá que somos discípulos de Jesús. Pero hay un matiz más en la vivencia del amor: «si alguien me ama, guardará mis palabras». La encarnación de Jesús puso las bases del Reino de Dios. Él manifestó su novedad con gestos, con acciones concretas y también con sus palabras; él mismo es la Palabra de Dios hecha carne. Hay una relación muy estrecha entre las tres manifestaciones. Quien ama a Jesús debe guardar sus palabras y debe también examinar detenidamente sus comporta­mientos; se completan y se explican mutuamente.

La relación más cercana entre palabra y acción se dio con la resurrección. Desde que Jesucristo resucitó nadie puede entrar en el Reino si no es por medio de Él. Y nada ni nadie puede impedir definitivamente que llegue a su plenitud el Reino de Dios.

Los deseos y los dones finales de Jesús

Jesús es realista. Ve a sus discípulos tristes y acobardados. Viven las últimas horas con su Maestro. ¿Qué sucederá cuando les falte? Les infunde ánimo descubriéndoles sus últimos deseos.

El primero es que no se olvide su mensaje, la Buena Noticia de Dios. Si le aman, esto es lo primero que han de cuidar: «el que me ama, guardará mi palabra…». ¿Qué hacemos nosotros con el Evangelio de Jesús? ¿Lo guardamos fielmente o lo manejamos según nuestros intereses? ¿Lo acogemos en nuestro corazón o lo vamos olvidando? ¿Lo presentamos con autenticidad o lo reconvertimos con nuestras doctrinas?

El segundo deseo va unido al anuncio de que el Padre enviará en su nombre un Defensor. No sentirán su ausencia. El Espíritu Santo los defenderá del riesgo de desviarse de él. Les explicará mejor todo lo que les ha enseñado. Les ayudará a profundizar cada vez más su Buena Noticia. Los educará en su estilo de vida. Los cristianos de hoy, ¿nos dejamos guiar por el Espíritu de Jesús? ¿Sabemos actualizar su Buena Noticia? ¿Hacia dónde nos impulsa hoy su aliento renovador?

Y el tercer deseo y don es la paz. La paz de Jesús es fruto de su unión íntima con el Padre. Nacerá en el corazón de los discípulos si acogen el Espíritu. Es la paz que han de contagiar siempre y nunca perderla.

¿Por qué es tan difícil la paz? ¿Por qué fracasa una y otra vez el diálogo? ¿Por qué se vuelve una y otra vez al enfrentamiento y a la agresión mutua? ¿Por qué se ponen tantos obstáculos a la concordia? Una cosa es cierta: No cualquier persona puede sembrar paz, solo quienes poseen paz pueden ponerla en la sociedad. Con el corazón lleno de resentimiento, de intolerancia, de dogmatismo, se puede movilizar a algunos sectores; con actitudes de prepotencia, de hostilidad, de agresión, se puede hacer política y propaganda electoral, pero no se puede aportar verdadera paz a la convivencia de las gentes.

Nos falta paz porque nos faltan hombres y mujeres de paz. Quienes la poseen en su corazón la llevan consigo y la difunden. Jesús nos dice: «Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde». Mucha gente tiene hambre de Jesús y de su paz. Estamos llamados a ser una Iglesia en salida, caminando juntos, en sinodalidad, hacia una Iglesia más fiel a Jesús y a su Evangelio, con cristianos que acojan el Espíritu de Dios, no pierdan la paz y la siembren.

Hacia la Ascensión y Pentecostés

Las de Jesús en las lecturas de hoy son palabras de despedida que nos acercan a vivir las próximas fiestas de la Ascensión y de Pentecostés. Son palabras que forman parte de un testamento, un tipo de manifestación que humanamente solemos considerar sagrada e inviolable como última voluntad. Son palabras que estamos lejos de vivirlas en plenitud, de cumplirlas. Él nos señala que no podemos pensar siquiera que le amamos si no guardamos sus palabras.

Él mismo nos recomienda a sus seguidores que roguemos insistentemente a Dios para que nos conceda su Espíritu y para que éste nos recuerde constantemente sus pala­bras y nos ayude a comprenderlas y a profundizarlas. Son muchas las situaciones humanas necesitadas de paz verdadera. Si nuestro amor a Jesús es verdadero, será guardando sus palabras como caminaremos hacia la alegría de la paz que él nos da.

 

 

 

 

                                                       .                                                                     .

 

sábado, 17 de mayo de 2025

domingo 18de mayo

 “AMAOS UNOS A OTROS  COMO  YO  OS  HE AMADO”

El evangelio del V Domingo de Pascua, ciclo c, se sitúa en el contexto de la última cena y propone algunos aspectos propios de la vida cristiana inaugurada en la Pascua con los sacramentos de la Iniciación cristiana. En el evangelio de este Domingo advertimos tres realidades principales: la glorificación del Hijo y del Padre Jn 13, vv. 31-32; el comienzo del discurso de despedida v. 33 a; y la entrega del mandamiento nuevo vv. 34-35. La Pascua inaugura el tiempo de la Iglesia, en la que Cristo permanece siempre con nosotros. 

En la primera lectura (Hech 14, 21b- 27) el apóstol Pablo exhorta los fieles a perseverar en la verdadera fe, recordando que hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios y en cada ciudad por donde pasaban designaban presbíteros para que cuidaran de las comunidades.                              

En la segunda lectura (Apoc. 21, 1-5ª) S. Juan profetiza el nuevo cielo y la nueva tierra, la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que desciende del cielo, la morada de Dios entre los hombres, la esposa adornada, donde Dios renueva todas las cosas y en esta morada de Dios con los hombres no habrá más dolor, muerte, lágrimas, pecado. El Señor nos invita a entrar mediante la fe en la ciudad santa, donde Dios es todo en todos.   

V  DOMINGO DE PASCUA      -         18  DE  MAYO 

LECTURAS:

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 14, 21b-27 :”En aquellos días, Pablo y Bernabé volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquia, animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios…

Salmo 144, 8-9. 10-11. 12-13ab R/. Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi Rey.

Lectura del libro del Apocalipsis 21, 1-5ª :”Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe….”

Lectura del santo Evangelio según San Juan 13, 31-33a. 34-35 :”…  En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros».

Reflexión del Evangelio de hoy

El evangelio de este quinto Domingo de Pascua (Jn 13, 31-33ª- 34-35) nos ofrece dos verdades, que debieran vertebrar toda nuestra vida cristiana, a saber, la glorificación del Hijo de Dios al pasar Jesús de la muerte, a manos de los hombres, a la vida, por voluntad del Padre, y el mandamiento nuevo del amor cristiano como señal identificadora de los discípulos de Jesucristo.

Jesús, una vez que Judas abandona el cenáculo, abre su corazón a los discípulos y manifiesta el sentido profundo de su pasión y muerte. Jesucristo se hizo hombre para dar gloria a Dios, para santificar el nombre de Dios, para salvar al hombre del pecado. Jesús afronta su pasión y muerte aceptando el plan del Padre sobre la redención del hombre, advirtiendo en su vida, muerte y resurrección la glorificación suya y del Padre, pues en toda la vida de Jesús brilla la obediencia amorosa a la voluntad del Padre. Por cinco veces se usa en este texto el verbo glorificar en pasado, presente y futuro, en referencia a la muerte, resurrección y exaltación de Cristo junto al Padre, que implicará también al final la exaltación pascual de sus discípulos.  

El mandamiento nuevo del amor cristiano tiene un modelo, que es el amor redentor de Jesucristo, y también tiene la misma fuente, el Espíritu Santo, que es el amor en la Trinidad, que mueve y orienta toda la vida, muerte y resurrección de Jesús y la vida eterna de sus discípulos. Del amor de Jesús a sus discípulos nace el mandamiento nuevo, un nuevo amor, que será la característica fundamental de sus discípulos, quienes son invitados a establecer una amistad nueva con Jesucristo y entre ellos mediante la fe, la esperanza y la caridad. Y el modelo del amor cristiano es Jesucristo, pues no hay mayor amor que el dar la vida por la persona amada y con este criterio del amor supremo podemos interpretar nosotros el sentido de nuestra vida y el de nuestra misma muerte.  

Ha llegado la hora de Jesús. La palabra ahora Jn 13, v.31 señala el tiempo de la pasión y muerte de Cristo, a saber, la glorificación también del Padre y la victoria de Cristo sobre el mal y la muerte. Es la hora del cumplimiento de la misión de Jesucristo, su misterio pascual, el paso de la muerte a la vida, cuando el príncipe de este mundo es vencido, cuando nace la Iglesia, que camina en el seguimiento e imitación de Jesucristo. Jesús es glorificado en su misterio pascual como el Hijo del Hombre, cuando nace la Iglesia, con la misión de expulsar al príncipe de este mundo y de salvar al hombre del pecado, es decir, con la misión de glorificar a Dios y santificar al hombre.   

He aquí dos descripciones del misterio pascual, cuando la humillación del Hijo abrió el camino a su glorificación junto al Padre. “El soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado, pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino; y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes. Maltratado voluntariamente se humillaba y no abría la boca, como cordero llevado al matadero” (Is 53, 4-7).

“Nuestro intelecto, iluminado por el Espíritu de la verdad, debe acoger con un corazón libre y puro la gloria de la Cruz, que difunde sus rayos sobre el cielo y la tierra. Con la luz interior examinemos el significado de lo que dijo el Señor, hablando de su inminente Pasión: ´Ha llegado la hora en que el Hijo del Hombre es glorificado` (Jn 12, 23)… ¡Oh admirable potencia de la Cruz! ¡Oh inefable gloria de la Pasión, donde encontramos reunidos juntos el tribunal del Señor, el juicio del mundo y el poder del Crucificado! Sí, oh Señor, tú atraes a ti toda la creación”. (S. León Magno, Discurso 8 sobre la Pasión del Señor).

Entremos, pues, en el reino de Dios, restablecido por Jesucristo en su pascua, aunque haya que pasar por muchas tribulaciones, hasta descansar en la nueva tierra y en el nuevo cielo. Seguir a Jesucristo es posible sólo con la cruz, sabiendo que sobre la cruz brillará siempre la luz y la presencia de Jesús que nos acompaña llevando siempre el peso principal de nuestra vida.  Este es el mensaje del apóstol a los discípulos de Cristo, recordando que después de la resurrección Jesucristo restablece una nueva relación con él en el amor fraterno, que se realiza en la nueva alianza, el nuevo mandamiento, que se recibe y se vive sobre todo en el sacrificio de la Santa Misa, al cual somos convocados especialmente el día de Domingo.

domingo, 20 de abril de 2025

domingo 20 de abril

  “Vió  y  creyó”

El Domingo de Pascua celebramos la resurrección de Jesucristo de entre los muertos que iremos rememorando los domingos de todo el año. El triunfo del Señor resucitado sobre el pecado y la muerte es el acontecimiento que fundamenta de nuestra fe cristiana. Nos configura como creyentes y transforma de raíz nuestra vida.

Jesucristo nos hace partícipes de su victoria. Los cristianos estamos llamados a ser testigos del gozo Pascual. La resurrección del Señor no la podemos dejar de anunciar al mundo entero. A todos afecta y nadie está excluido de recibir el don de la vida eterna que Cristo nos ha posibilitado con su muerte y resurrección.

La fuerza que infunde en nosotros el Espíritu del Señor resucitado por el bautismo nos posibilita empezar a nacer a una vida nueva, cuya plenitud alcanzaremos cuando participemos plenamente de su Pascua. Mientras tanto, la experiencia del Señor resucitado nos impulsa a una vida renovada en Cristo para ser sus testigos ante los demás.

Vivir como resucitados es el desafío que asumimos como cristianos. Lo que motiva nuestra entrega diaria y nos convierte en luz para cuantos nos rodean. La fe en la resurrección de Jesús será el proceso ineludible para convertirse en creyente (cristiano). La lectura de la Palabra de Dios del Domingo de Pascua marca el itinerario de todos.

DOMINGO  DE PASCUA        -       20   DE ABRIL

LECTURAS:

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 10, 34a. 37-43 :”En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:  «Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea,…”

Salmo 117,  R/. Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo…

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 1-4 :”Hermanos: Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios;…”

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 1-9 :”El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro…”

Reflexión del Evangelio de hoy

Proclamamos el Domingo de Pascua en el Salmo Responsorial que “este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo”, porque ¡Cristo ha resucitado! “La piedra desechada por los arquitectos” al crucificarlo, se ha convertido en “la piedra angular” por su resurrección de entre los muertos. El himno que proclamó Jesús con sus discípulos en la cena pascual rememorando la gesta liberadora de Egipto, se convierte ahora con su resurrección en el cántico de la definitiva Pascua, la liberación del pecado y de la muerte.

Este gozo inmenso lo hemos de dar a conocer. Los cristianos no podemos ocultar al resto de la humanidad lo central de nuestra fe tal como nos enseña Pedro en la primera lectura. Creemos que Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios que pasó por esta vida haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el poder del mal, fue crucificado y resucitó al tercer día. El acontecimiento que nos constituye en creyentes nos convierte por el bautismo en testigos de lo acontecido en Jesús y en cada uno de nosotros por el Espíritu. La resurrección de Jesús es la Buena Noticia que los cristianos hemos de anunciar a la humanidad para que su esperanza se ilumine de sentido. Si aspiramos a un mundo mejor, necesitamos además de los avances científicos y el desarrollo social, aprender a amarnos, a vivir haciendo el bien sin exclusiones, tal como nos enseñó Jesús y que insertos en su pascua participemos de la plenitud de su resurrección.

Impulsados por el Espíritu, el Domingo de Pascua nos invita a ser mediadores de la fe para aquellos hombres y mujeres cuyas vidas no se han encontrado aún con la experiencia de Jesús resucitado. Nos duele profundamente ver a nuestro alrededor a tantos hombres y mujeres, incluso familiares nuestros, amigos y conocidos, sin la experiencia creyente dando sustento a sus vidas. No es fácil ser creyente. Hemos de reconocer que tampoco nosotros hemos facilitado siempre que otros se abran a acoger la gracia en sus vidas por nuestra falta de testimonio. Todo es necesario: la disposición personal y el testimonio creyente.

Muchos siguen viendo solo un sepulcro vacío, unas vendas y un sudario en el suelo sin que esto les genere mayores interrogantes. El cuerpo de Jesús pudo haber sido robado, escondido, puesto en otro lugar. Todo es posible. El Evangelio es muy iluminador en este sentido. Aunque veamos “la losa quitada del sepulcro” - no está Jesús entre los muertos -, hay que mirar en su interior con los “ojos de la fe”. María Magdalena echa a correr cuando todavía tenía oscurecida su mente por el dolor y no se había iluminado con el encuentro personal con quien reconocerá como a su Maestro (Rabbuní). Pedro, aunque sea el primero en entrar al sepulcro, no se convertirá en testigo de la resurrección hasta que no haya reparado el vínculo roto con la negación. Solo el “discípulo a quien Jesús quería” es quien corre más y es el primero en entender que debía de resucitar de entre los muertos tal como decían las Escrituras. La fe no deja de ser un don pascual y un proceso individual.

La fe no se impone, no se obliga, menos aún se logra con amenazas. Tampoco se da automáticamente por tradición. Ni es suficiente con haber recibido el bautismo de pequeños. Requiere la disposición personal, la libre determinación interior de abrirse a la gracia y pedir lo que el Espíritu a nadie le niega: la experiencia del encuentro personal con Jesús resucitado. Ahí sí los creyentes podemos interceder, pidiendo el don de la fe para cuantos todavía no la han experimentado en su vida.

Pero, sobre todo, es nuestro propio testimonio creyente lo que puede ayudar a quien no cree a preguntarse: ¿puede ser que Jesús haya resucitado y por eso el sepulcro está vacío? Dando testimonio de cómo vivimos el bautismo nos podemos convertir en instrumentos del Espíritu para la fe de otros. Nos enseña Pablo en la segunda lectura que el cristiano unido a Cristo por el bautismo participa de los dones del misterio pascual, una plenitud que se alcanzará en la parusía pero que nos permite desde ahora vivir el día a día en Cristo. Nuestra vida está en Cristo, en sus valores, en su proyecto de vida, en procurar superar todo aquello que nos encierra en el egoísmo y la indiferencia ante el dolor humano, hasta que participemos por la muerte en su destino final: la resurrección.

 

En este Domingo de Pascua es importante que nos preguntemos: ¿Cómo vivo mi fe en Jesús resucitado? ¿Qué testimonio doy como creyente que pueda invitar a otros a la fe?

 

 

sábado, 19 de abril de 2025

SABADO 19DE ABRIL

 Sábado Santo

Texto del Evangelio ( ):  

«---»

P. Jacques PHILIPPE(Cordes sur Ciel, Francia)

Hoy no meditamos un evangelio en particular, puesto que es un día que carece de liturgia. Pero, con María, la única que ha permanecido firme en la fe y en la esperanza después de la trágica muerte de su Hijo, nos preparamos, en el silencio y en la oración, para celebrar la fiesta de nuestra liberación en Cristo, que es el cumplimiento del Evangelio.

La coincidencia temporal de los acontecimientos entre la muerte y la resurrección del Señor y la fiesta judía anual de la Pascua, memorial de la liberación de la esclavitud de Egipto, permite comprender el sentido liberador de la cruz de Jesús, nuevo cordero pascual cuya sangre nos preserva de la muerte.

Otra coincidencia en el tiempo, menos señalada pero sin embargo muy rica en significado, es la que hay con la fiesta judía semanal del “Sabbat”. Ésta empieza el viernes por la tarde, cuando la madre de familia enciende las luces en cada casa judía, terminando el sábado por la tarde. Esto recuerda que después del trabajo de la creación, después de haber hecho el mundo de la nada, Dios descansó el séptimo día. Él ha querido que también el hombre descanse el séptimo día, en acción de gracias por la belleza de la obra del Creador, y como señal de la alianza de amor entre Dios e Israel, siendo Dios invocado en la liturgia judía del Sabbat como el esposo de Israel. El Sabbat es el día en que se invita a cada uno a acoger la paz de Dios, su “Shalom”.

De este modo, después del doloroso trabajo de la cruz, «retoque en que el hombre es forjado de nuevo» según la expresión de Catalina de Siena, Jesús entra en su descanso en el mismo momento en que se encienden las primeras luces del Sabbat: “Todo se ha cumplido” (Jn 19,3). Ahora se ha terminado la obra de la nueva creación: el hombre prisionero antaño de la nada del pecado se convierte en una nueva criatura en Cristo. Una nueva alianza entre Dios y la humanidad, que nada podrá jamás romper, acaba de ser sellada, ya que en adelante toda infidelidad puede ser lavada en la sangre y en el agua que brotan de la cruz.

La carta a los Hebreos dice: «Un descanso, el del séptimo día, queda para el pueblo de Dios» (Heb 4,9). La fe en Cristo nos da acceso a ello. Que nuestro verdadero descanso, nuestra paz profunda, no la de un solo día, sino para toda la vida, sea una total esperanza en la infinita misericordia de Dios, según la invitación del Salmo 16: «Mi carne descansará en la esperanza, pues tu no entregarás mi alma al abismo». Que con un corazón nuevo nos preparemos para celebrar en la alegría las bodas del Cordero y nos dejemos desposar plenamente por el amor de Dios manifestado en Cristo.

Pensamientos para el Evangelio de hoy

  • «¿Qué idea de Dios hubiera podido antes formarse el hombre, que no fuese un ídolo fabricado por su corazón? Era incomprensible e inaccesible, invisible y superior a todo pensamiento humano; pero ahora ha querido ser comprendido. ¿De qué modo?, te preguntarás. Pues yaciendo en un pesebre, predicando en la montaña, pasando la noche en oración; o bien colgando de la cruz…» (San Bernardo)

  • «La tiniebla divina de este día, de este siglo, que se convierte cada vez más en un sábado santo, habla a nuestras conciencias. Tiene en sí algo consolador porque la muerte de Dios en Jesucristo es, al mismo tiempo, expresión de su radical solidaridad con nosotros. El misterio más oscuro de la fe es, simultáneamente, la señal más brillante de una esperanza sin fronteras» (Benedicto XVI)

  • «La muerte de Cristo fue una verdadera muerte en cuanto que puso fin a su existencia humana terrena. Pero a causa de la unión que la Persona del Hijo conservó con su cuerpo, éste no fue un despojo mortal como los demás porque ‘no era posible que la muerte lo dominase’ (Hch 2,24) (…). La Resurrección de Jesús ‘al tercer día’ (1Cor 15,4) era el signo de ello, también porque se suponía que la corrupción se manifestaba a partir del cuarto día» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 627)

Otros comentarios

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viernes, 18 de abril de 2025

VIERNES 18 DE ABRIL

 Viernes Santo

Texto del Evangelio (Jn 18,1—19,42): En aquel tiempo, Jesús pasó con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el que entraron él y sus discípulos. Pero también Judas, el que le entregaba, conocía el sitio, porque Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos. Judas, pues, llega allí con la cohorte y los guardias enviados por los sumos sacerdotes y fariseos, con linternas, antorchas y armas. Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, se adelanta y les pregunta: «¿A quién buscáis?». Le contestaron: «A Jesús el Nazareno». Díceles: «Yo soy». Judas, el que le entregaba, estaba también con ellos. Cuando les dijo: «Yo soy», retrocedieron y cayeron en tierra. Les preguntó de nuevo: «¿A quién buscáis?». Le contestaron: «A Jesús el Nazareno». Respondió Jesús: «Ya os he dicho que yo soy; así que si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos». Así se cumpliría lo que había dicho: «De los que me has dado, no he perdido a ninguno». Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al siervo del Sumo Sacerdote, y le cortó la oreja derecha. El siervo se llamaba Malco. Jesús dijo a Pedro: «Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?».

Entonces la cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, le ataron y le llevaron primero a casa de Anás, pues era suegro de Caifás, el Sumo Sacerdote de aquel año. Caifás era el que aconsejó a los judíos que convenía que muriera un solo hombre por el pueblo. Seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Este discípulo era conocido del Sumo Sacerdote y entró con Jesús en el atrio del Sumo Sacerdote, mientras Pedro se quedaba fuera, junto a la puerta. Entonces salió el otro discípulo, el conocido del Sumo Sacerdote, habló a la portera e hizo pasar a Pedro. La muchacha portera dice a Pedro: «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?». Dice él: «No lo soy». Los siervos y los guardias tenían unas brasas encendidas porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos calentándose. El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús sobre sus discípulos y su doctrina. Jesús le respondió: «He hablado abiertamente ante todo el mundo; he enseñado siempre en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he hablado nada a ocultas. ¿Por qué me preguntas? Pregunta a los que me han oído lo que les he hablado; ellos saben lo que he dicho». Apenas dijo esto, uno de los guardias que allí estaba, dio una bofetada a Jesús, diciendo: «¿Así contestas al Sumo Sacerdote?». Jesús le respondió: «Si he hablado mal, declara lo que está mal; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?». Anás entonces le envió atado al Sumo Sacerdote Caifás. Estaba allí Simón Pedro calentándose y le dijeron: «¿No eres tú también de sus discípulos?». El lo negó diciendo: «No lo soy». Uno de los siervos del Sumo Sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le dice: «¿No te vi yo en el huerto con Él?». Pedro volvió a negar, y al instante cantó un gallo.

De la casa de Caifás llevan a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder así comer la Pascua. Salió entonces Pilato fuera donde ellos y dijo: «¿Qué acusación traéis contra este hombre?». Ellos le respondieron: «Si éste no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado». Pilato replicó: «Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra Ley». Los judíos replicaron: «Nosotros no podemos dar muerte a nadie». Así se cumpliría lo que había dicho Jesús cuando indicó de qué muerte iba a morir. Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: «¿Eres tú el Rey de los judíos?». Respondió Jesús: «¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?». Pilato respondió: «¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?». Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí». Entonces Pilato le dijo: «¿Luego tú eres Rey?». Respondió Jesús: «Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz». Le dice Pilato: «¿Qué es la verdad?». Y, dicho esto, volvió a salir donde los judíos y les dijo: «Yo no encuentro ningún delito en Él. Pero es costumbre entre vosotros que os ponga en libertad a uno por la Pascua. ¿Queréis, pues, que os ponga en libertad al Rey de los judíos?». Ellos volvieron a gritar diciendo: «¡A ése, no; a Barrabás!». Barrabás era un salteador.

Pilato entonces tomó a Jesús y mandó azotarle. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le vistieron un manto de púrpura; y, acercándose a Él, le decían: «Salve, Rey de los judíos». Y le daban bofetadas. Volvió a salir Pilato y les dijo: «Mirad, os lo traigo fuera para que sepáis que no encuentro ningún delito en Él». Salió entonces Jesús fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Díceles Pilato: «Aquí tenéis al hombre». Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: «¡Crucifícalo, crucifícalo!». Les dice Pilato: «Tomadlo vosotros y crucificadle, porque yo ningún delito encuentro en Él». Los judíos le replicaron: «Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios». Cuando oyó Pilato estas palabras, se atemorizó aún más. Volvió a entrar en el pretorio y dijo a Jesús: «¿De dónde eres tú?». Pero Jesús no le dio respuesta. Dícele Pilato: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?». Respondió Jesús: «No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba; por eso, el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado». Desde entonces Pilato trataba de librarle. Pero los judíos gritaron: «Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César». Al oír Pilato estas palabras, hizo salir a Jesús y se sentó en el tribunal, en el lugar llamado Enlosado, en hebreo Gabbatá. Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia la hora sexta. Dice Pilato a los judíos: «Aquí tenéis a vuestro Rey». Ellos gritaron: «¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale!». Les dice Pilato: «¿A vuestro Rey voy a crucificar?». Replicaron los sumos sacerdotes: «No tenemos más rey que el César». Entonces se lo entregó para que fuera crucificado.

Tomaron, pues, a Jesús, y Él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí le crucificaron y con Él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. Pilato redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz. Lo escrito era: «Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos». Esta inscripción la leyeron muchos judíos, porque el lugar donde había sido crucificado Jesús estaba cerca de la ciudad; y estaba escrita en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: «No escribas: ‘El Rey de los judíos’, sino: ‘Éste ha dicho: Yo soy Rey de los judíos’». Pilato respondió: «Lo que he escrito, lo he escrito». Los soldados, después que crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos, con los que hicieron cuatro lotes, un lote para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo. Por eso se dijeron: «No la rompamos; sino echemos a suertes a ver a quién le toca». Para que se cumpliera la Escritura: «Se han repartido mis vestidos, han echado a suertes mi túnica». Y esto es lo que hicieron los soldados. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: «Tengo sed». Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: «Todo está cumplido». E inclinando la cabeza entregó el espíritu.

Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado —porque aquel sábado era muy solemne— rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con Él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: «No se le quebrará hueso alguno». Y también otra Escritura dice: «Mirarán al que traspasaron».

Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió a Pilato autorización para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se lo concedió. Fueron, pues, y retiraron su cuerpo. Fue también Nicodemo —aquel que anteriormente había ido a verle de noche— con una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar. En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie todavía había sido depositado. Allí, pues, porque era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.

«Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: ‘Todo está cumplido’. E inclinando la cabeza entregó el espíritu»

Rev. D. Francesc CATARINEU i Vilageliu(Sabadell, Barcelona, España)

Hoy celebramos el primer día del Triduo Pascual. Por tanto, es el día de la Cruz victoriosa, desde donde Jesús nos dejó lo mejor de Él mismo: María como madre, el perdón —también de sus verdugos— y la confianza total en Dios Padre.

Lo hemos escuchado en la lectura de la Pasión que nos transmite el testimonio de san Juan, presente en el Calvario con María, la Madre del Señor y las mujeres. Es un relato rico en simbología, donde cada pequeño detalle tiene sentido. Pero también el silencio y la austeridad de la Iglesia, hoy, nos ayudan a vivir en un clima de oración, bien atentos al don que celebramos.

Ante este gran misterio, somos llamados —primero de todo— a ver. La fe cristiana no es la relación reverencial hacia un Dios lejano y abstracto que desconocemos, sino la adhesión a una Persona, verdadero hombre como nosotros y, a la vez, verdadero Dios. El “Invisible” se ha hecho carne de nuestra carne, y ha asumido el ser hombre hasta la muerte y una muerte de cruz. Pero fue una muerte aceptada como rescate por todos, muerte redentora, muerte que nos da vida. Aquellos que estaban ahí y lo vieron nos transmitieron los hechos y, al mismo tiempo, nos descubren el sentido de aquella muerte.

Ante este hecho, nos sentimos agradecidos y admirados. Conocemos el precio del amor: «Nadie tiene mayor amor que el de dar la vida por sus amigos» (Jn 15,13). La oración cristiana no es solamente pedir, sino —antes de nada— admirar agradecidos.

Jesús, para nosotros, es modelo que hay que imitar, es decir, reproducir en nosotros sus actitudes. Hemos de ser personas que aman hasta llegar a ser un don para los demás, que confiamos en el Padre en toda adversidad.

Esto contrasta con la atmósfera indiferente de nuestra sociedad; por eso, nuestro testimonio tiene que ser más valiente que nunca, ya que la donación de Cristo es para todos. Como dice Melitón de Sardes, «Este es el que nos sacó de la servidumbre a la libertad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida. Él es la Pascua de nuestra salvación».

Pensamientos para el Evangelio de hoy

  • «La cruz es la inclinación más profunda de la Divinidad hacia el hombre. La cruz es como un toque del amor eterno sobre las heridas más dolorosas de la existencia terrena del hombre» (San Juan Pablo II)

  • «El perdón cuesta algo, ante todo al que perdona (…). Dios sólo pudo superar la culpa y el sufrimiento de los hombres interviniendo personalmente, sufriendo Él mismo en su Hijo, que ha llevado esa carga y la ha superado mediante la entrega de sí mismo» (Benedicto XVI)

  • «Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús porque su Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación: ‘¡Padre líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!’ (Jn 12, 27). ‘El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?’ (Jn 18,11). Y todavía en la cruz antes de que ‘todo esté cumplido’ (Jn 19,30), dice: ‘Tengo sed’ (Jn 19,28)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 607)

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