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Vida Nueva Cali - Reproductor

sábado, 24 de mayo de 2025

DOMINGO 25 DE MAYO

 

          “Mi paz os dejo, mi paz os doy”

Se aprecia muy bien en las lecturas de este domingo que el Espíritu que habita la Iglesia es el fruto final de la Pascua.

Aparece en la primera lectura guiando a la comunidad cristiana, inspirando el discerni­miento y la decisión sobre cuestiones que dividían a los conver­tidos.

La segunda es una parte de la revelación que recibe el Apóstol Juan sobre la presencia de Dios en la Iglesia, por su Espíritu. La luz de la nueva Jerusalén es el mismo Señor. Nosotros estamos lla­ma­dos a participar de esa luz a través del Espíritu que recibimos y a compartirla con los demás.

Y el evangelio nos hace ver que quien ama a Jesús cumplirá sus palabras. Esa será la condi­ción para que el Padre envíe al Espíritu Santo en el nombre de Jesucristo y pueda venir y hacer morada en quienes guardan sus palabras.

Dos consecuencias de hacernos morada de Dios son: el Espíritu nos enseñará y nos re­cor­dará todo lo que Jesús nos ha dicho; y la paz de Jesús nos ayudará a superar toda inquietud y cobardía.

6 DOMINGO DE PASCUA    -       25 DE  MAYO

LECTURAS:                    . 

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 15, 1-2. 22-29 :”En aquellos días, unos que bajaron de Judea se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban conforme al uso de Moisés, no podían salvarse. Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé;…”

Salmo 66,  R/. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.

Lectura del Libro del Apocalipsis 21, 10-14. 22-23 :”El ángel me llevó en espíritu a un monte grande y elevado, y me mostró la ciudad santa de Jerusalén que descendía del cielo, de parte de Dios, y tenía la gloria de Dios; su resplandor era semejante a una piedra muy preciosa, como piedra de jaspe cristalino…”

Lectura del santo Evangelio según San Juan 14, 23-29 :”En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él….

”Reflexión del Evangelio de hoy

 

Jesús: gestos, acciones y palabras

El amor fraterno es la señal por la que se reconocerá que somos discípulos de Jesús. Pero hay un matiz más en la vivencia del amor: «si alguien me ama, guardará mis palabras». La encarnación de Jesús puso las bases del Reino de Dios. Él manifestó su novedad con gestos, con acciones concretas y también con sus palabras; él mismo es la Palabra de Dios hecha carne. Hay una relación muy estrecha entre las tres manifestaciones. Quien ama a Jesús debe guardar sus palabras y debe también examinar detenidamente sus comporta­mientos; se completan y se explican mutuamente.

La relación más cercana entre palabra y acción se dio con la resurrección. Desde que Jesucristo resucitó nadie puede entrar en el Reino si no es por medio de Él. Y nada ni nadie puede impedir definitivamente que llegue a su plenitud el Reino de Dios.

Los deseos y los dones finales de Jesús

Jesús es realista. Ve a sus discípulos tristes y acobardados. Viven las últimas horas con su Maestro. ¿Qué sucederá cuando les falte? Les infunde ánimo descubriéndoles sus últimos deseos.

El primero es que no se olvide su mensaje, la Buena Noticia de Dios. Si le aman, esto es lo primero que han de cuidar: «el que me ama, guardará mi palabra…». ¿Qué hacemos nosotros con el Evangelio de Jesús? ¿Lo guardamos fielmente o lo manejamos según nuestros intereses? ¿Lo acogemos en nuestro corazón o lo vamos olvidando? ¿Lo presentamos con autenticidad o lo reconvertimos con nuestras doctrinas?

El segundo deseo va unido al anuncio de que el Padre enviará en su nombre un Defensor. No sentirán su ausencia. El Espíritu Santo los defenderá del riesgo de desviarse de él. Les explicará mejor todo lo que les ha enseñado. Les ayudará a profundizar cada vez más su Buena Noticia. Los educará en su estilo de vida. Los cristianos de hoy, ¿nos dejamos guiar por el Espíritu de Jesús? ¿Sabemos actualizar su Buena Noticia? ¿Hacia dónde nos impulsa hoy su aliento renovador?

Y el tercer deseo y don es la paz. La paz de Jesús es fruto de su unión íntima con el Padre. Nacerá en el corazón de los discípulos si acogen el Espíritu. Es la paz que han de contagiar siempre y nunca perderla.

¿Por qué es tan difícil la paz? ¿Por qué fracasa una y otra vez el diálogo? ¿Por qué se vuelve una y otra vez al enfrentamiento y a la agresión mutua? ¿Por qué se ponen tantos obstáculos a la concordia? Una cosa es cierta: No cualquier persona puede sembrar paz, solo quienes poseen paz pueden ponerla en la sociedad. Con el corazón lleno de resentimiento, de intolerancia, de dogmatismo, se puede movilizar a algunos sectores; con actitudes de prepotencia, de hostilidad, de agresión, se puede hacer política y propaganda electoral, pero no se puede aportar verdadera paz a la convivencia de las gentes.

Nos falta paz porque nos faltan hombres y mujeres de paz. Quienes la poseen en su corazón la llevan consigo y la difunden. Jesús nos dice: «Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde». Mucha gente tiene hambre de Jesús y de su paz. Estamos llamados a ser una Iglesia en salida, caminando juntos, en sinodalidad, hacia una Iglesia más fiel a Jesús y a su Evangelio, con cristianos que acojan el Espíritu de Dios, no pierdan la paz y la siembren.

Hacia la Ascensión y Pentecostés

Las de Jesús en las lecturas de hoy son palabras de despedida que nos acercan a vivir las próximas fiestas de la Ascensión y de Pentecostés. Son palabras que forman parte de un testamento, un tipo de manifestación que humanamente solemos considerar sagrada e inviolable como última voluntad. Son palabras que estamos lejos de vivirlas en plenitud, de cumplirlas. Él nos señala que no podemos pensar siquiera que le amamos si no guardamos sus palabras.

Él mismo nos recomienda a sus seguidores que roguemos insistentemente a Dios para que nos conceda su Espíritu y para que éste nos recuerde constantemente sus pala­bras y nos ayude a comprenderlas y a profundizarlas. Son muchas las situaciones humanas necesitadas de paz verdadera. Si nuestro amor a Jesús es verdadero, será guardando sus palabras como caminaremos hacia la alegría de la paz que él nos da.

 

 

 

 

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sábado, 17 de mayo de 2025

domingo 18de mayo

 “AMAOS UNOS A OTROS  COMO  YO  OS  HE AMADO”

El evangelio del V Domingo de Pascua, ciclo c, se sitúa en el contexto de la última cena y propone algunos aspectos propios de la vida cristiana inaugurada en la Pascua con los sacramentos de la Iniciación cristiana. En el evangelio de este Domingo advertimos tres realidades principales: la glorificación del Hijo y del Padre Jn 13, vv. 31-32; el comienzo del discurso de despedida v. 33 a; y la entrega del mandamiento nuevo vv. 34-35. La Pascua inaugura el tiempo de la Iglesia, en la que Cristo permanece siempre con nosotros. 

En la primera lectura (Hech 14, 21b- 27) el apóstol Pablo exhorta los fieles a perseverar en la verdadera fe, recordando que hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios y en cada ciudad por donde pasaban designaban presbíteros para que cuidaran de las comunidades.                              

En la segunda lectura (Apoc. 21, 1-5ª) S. Juan profetiza el nuevo cielo y la nueva tierra, la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que desciende del cielo, la morada de Dios entre los hombres, la esposa adornada, donde Dios renueva todas las cosas y en esta morada de Dios con los hombres no habrá más dolor, muerte, lágrimas, pecado. El Señor nos invita a entrar mediante la fe en la ciudad santa, donde Dios es todo en todos.   

V  DOMINGO DE PASCUA      -         18  DE  MAYO 

LECTURAS:

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 14, 21b-27 :”En aquellos días, Pablo y Bernabé volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquia, animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios…

Salmo 144, 8-9. 10-11. 12-13ab R/. Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi Rey.

Lectura del libro del Apocalipsis 21, 1-5ª :”Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe….”

Lectura del santo Evangelio según San Juan 13, 31-33a. 34-35 :”…  En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros».

Reflexión del Evangelio de hoy

El evangelio de este quinto Domingo de Pascua (Jn 13, 31-33ª- 34-35) nos ofrece dos verdades, que debieran vertebrar toda nuestra vida cristiana, a saber, la glorificación del Hijo de Dios al pasar Jesús de la muerte, a manos de los hombres, a la vida, por voluntad del Padre, y el mandamiento nuevo del amor cristiano como señal identificadora de los discípulos de Jesucristo.

Jesús, una vez que Judas abandona el cenáculo, abre su corazón a los discípulos y manifiesta el sentido profundo de su pasión y muerte. Jesucristo se hizo hombre para dar gloria a Dios, para santificar el nombre de Dios, para salvar al hombre del pecado. Jesús afronta su pasión y muerte aceptando el plan del Padre sobre la redención del hombre, advirtiendo en su vida, muerte y resurrección la glorificación suya y del Padre, pues en toda la vida de Jesús brilla la obediencia amorosa a la voluntad del Padre. Por cinco veces se usa en este texto el verbo glorificar en pasado, presente y futuro, en referencia a la muerte, resurrección y exaltación de Cristo junto al Padre, que implicará también al final la exaltación pascual de sus discípulos.  

El mandamiento nuevo del amor cristiano tiene un modelo, que es el amor redentor de Jesucristo, y también tiene la misma fuente, el Espíritu Santo, que es el amor en la Trinidad, que mueve y orienta toda la vida, muerte y resurrección de Jesús y la vida eterna de sus discípulos. Del amor de Jesús a sus discípulos nace el mandamiento nuevo, un nuevo amor, que será la característica fundamental de sus discípulos, quienes son invitados a establecer una amistad nueva con Jesucristo y entre ellos mediante la fe, la esperanza y la caridad. Y el modelo del amor cristiano es Jesucristo, pues no hay mayor amor que el dar la vida por la persona amada y con este criterio del amor supremo podemos interpretar nosotros el sentido de nuestra vida y el de nuestra misma muerte.  

Ha llegado la hora de Jesús. La palabra ahora Jn 13, v.31 señala el tiempo de la pasión y muerte de Cristo, a saber, la glorificación también del Padre y la victoria de Cristo sobre el mal y la muerte. Es la hora del cumplimiento de la misión de Jesucristo, su misterio pascual, el paso de la muerte a la vida, cuando el príncipe de este mundo es vencido, cuando nace la Iglesia, que camina en el seguimiento e imitación de Jesucristo. Jesús es glorificado en su misterio pascual como el Hijo del Hombre, cuando nace la Iglesia, con la misión de expulsar al príncipe de este mundo y de salvar al hombre del pecado, es decir, con la misión de glorificar a Dios y santificar al hombre.   

He aquí dos descripciones del misterio pascual, cuando la humillación del Hijo abrió el camino a su glorificación junto al Padre. “El soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado, pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino; y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes. Maltratado voluntariamente se humillaba y no abría la boca, como cordero llevado al matadero” (Is 53, 4-7).

“Nuestro intelecto, iluminado por el Espíritu de la verdad, debe acoger con un corazón libre y puro la gloria de la Cruz, que difunde sus rayos sobre el cielo y la tierra. Con la luz interior examinemos el significado de lo que dijo el Señor, hablando de su inminente Pasión: ´Ha llegado la hora en que el Hijo del Hombre es glorificado` (Jn 12, 23)… ¡Oh admirable potencia de la Cruz! ¡Oh inefable gloria de la Pasión, donde encontramos reunidos juntos el tribunal del Señor, el juicio del mundo y el poder del Crucificado! Sí, oh Señor, tú atraes a ti toda la creación”. (S. León Magno, Discurso 8 sobre la Pasión del Señor).

Entremos, pues, en el reino de Dios, restablecido por Jesucristo en su pascua, aunque haya que pasar por muchas tribulaciones, hasta descansar en la nueva tierra y en el nuevo cielo. Seguir a Jesucristo es posible sólo con la cruz, sabiendo que sobre la cruz brillará siempre la luz y la presencia de Jesús que nos acompaña llevando siempre el peso principal de nuestra vida.  Este es el mensaje del apóstol a los discípulos de Cristo, recordando que después de la resurrección Jesucristo restablece una nueva relación con él en el amor fraterno, que se realiza en la nueva alianza, el nuevo mandamiento, que se recibe y se vive sobre todo en el sacrificio de la Santa Misa, al cual somos convocados especialmente el día de Domingo.

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