La Comunidad Cristiana,
Comunidad misionera
Decimos que los cristianos no
tienen formación religiosa, que muchos jóvenes abandonan la fe, que nuestros
emigrantes, al llegar a nuestros barrios suburbiales, pierden su bagaje
cristiano. Pero debemos hacernos una
pregunta más elemental: ¿Es que han sido debidamente evangelizados? A los
fieles que acuden a nuestras asambleas, ¿se les ha presentado sistemática y
suficientemente todo el mensaje cristiano?¿Qué importancia concedemos a las
actividades del servicio de la Palabra? ¿Que valor damos al testimonio, como
signo más auténtico de credibilidad? Nos falta. tal vez, tomar el pulso a
nuestras Comunidades, con valor y sinceridad, para descubrir los problemas,
revisar nuestro programa pastoral, escuchar a todos los miembros, atender a los
signos de los tiempos.
En la Asamblea Eucarística
vamos a reflexionar sobre la Comunidad Cristiana como Comunidad misionera. Todo
anuncio misionero tiene como meta lograr la conversión de los oyentes. Pero
¿cuántas veces nos reunimos sin pensar en cambiar nuestras actitudes internas
frente a Dios y a los hermanos? Es necesario renovar primero nuestro corazón
para sentirnos después enviados por el Señor a ser sus testigos por nuestras obras.
Como Comunidad Cristiana se nos pedirán cuentas de qué hicimos del don de la
fe, como empleamos la lámpara de nuestra fe.
LECTURAS:
Hechos
de loa apóstoles 3, 13-15.17-19: «Dios lo resucitó de entre los muertos y
nosotros somos testigos»
Salmo
4, 2.4.7.9: «Haz brillar sobre nosotros el resplandor de tu rostro»
1Juan 2, 1-5a: «Tenemos a uno que abogue ante el
Padre: a Jesucristo, el justo»
San Lucas
24, 35-48: «Miren mis manos y mis pies: soy yo en persona»
Acontecimiento
clave
Mirada
desde la fe, la Resurrección de Cristo es el acontecimiento clave de la
historia de la humanidad. Acontecimiento que da sentido a la vida y nos da
razones para vivir y luchar en la construcción del mundo. Sin resurrección no hay
esperanza y todo se puede tornar absurdo. Es la lucha de la vida sin horizonte,
llevada al fracaso de la muerte y la desaparición. Tenemos en el corazón la
semilla de la eternidad. Y la resurrección da respuesta a ese anhelo hondo de
nuestra naturaleza humana. Nos abre la puerta del absoluto. Nos lleva a la
superación de toda barrera en el tiempo. Esto, sin embargo, no nos puede llevar
a vivir en un mundo de ilusiones. Seguimos dentro de los avatares de la vida,
en lucha persistente por alcanzar metas, pero tenemos derecho a levantar la cabeza
y mirar el horizonte ilimitado del Dios que nos espera, unidos a su Hijo resucitado.
Vivimos
un contraste
Una
vez más el tema del Evangelio es la fe en el Jesús viviente transmitido por la Iglesia.
El relato del Evangelio es un contraste. Por un lado, Jesús tratando de
confirmar la fe en sus discípulos, por su presencia (una vez resucitado de
entre los muertos), por sus palabras animosas y sus actitudes. Por otro lado,
sus discípulos están llenos de dudas y recelos; están como con miedo de creer.
´- Este contraste es un buen símbolo de lo que sucede con nuestra propia fe. La
actitud de los discípulos representa la nuestra.
La FE
tiene razón
¿Qué
es lo que a menudo experimentamos acerca de nuestra fe?:
-
Primero: tenemos muchas razones sólidas para creer (más que para no creer). -
Segundo: el Espíritu de Jesús está continuamente inspirando y guiando nuestra
fe como un regalo. - Tercero: nuestra fe es algunas veces -dependiendo del
momento que vivimos- asaltada por dudas. Esto es normal. La fe sufre toda forma
de tentación; de otra manera no sería realmente fe, y realmente libre. Una fe
sin tentaciones es pueril Una fe abrumada por tentaciones es inmadura. Una fe
capaz de sobrepasar tentaciones es una fe adulta.
De
alguna manera la fe es una convicción capaz de sobrepasar cualquier duda. La fe
cristiana, centrada en la Resurrección, es muy realista: está fundada en un ser
real, no en un fantasma. Por eso, la comunidad que la vive no puede ser algo
estático, sino dinámico.
Conciencia
misionera
Para
que una Comunidad sea verdaderamente misionera, es necesario que todos sus miembros
tomen conciencia de su condición de portadores de una «Misión» o envío. Todos
son responsables de presentar comunitariamente el Mensaje Cristiano con la palabra
y el testimonio de sus vidas. El discurso misionero de Pedro y la Catequesis de
Jesús nos impulsan a convencernos que no basta escuchar la homilía para educar
nuestra fe. Hay que programar Catequesis de adultos, grupos de renovación
conciliar, reuniones de reflexión cristiana, con objeto de crear unos criterios
cristianos básicos de cara a los problemas que plantea el hombre y el mundo de
hoy. Esto es dar prioridad a la evangelización.
Y junto a este esfuerzo de proclamar el
Misterio Cristiano, es necesaria la cercanía de las obras y el actuar. Cabe el
peligro de que caigamos en nuevo «gnosticismo», de quienes consideran la
Iglesia como un grupo de hombres perdidos en discusiones y teorías; pero que no
«hincan el diente» en los problemas del pueblo. No hay evangelización sin
testimonio cristiano. Hay que anunciar y ofrecer signos.
Conversión
y testimonio
El
Padre nos llama a conversión. Y Él, que es compasivo y misericordioso, nos concederá
el perdón merecido por la Muerte y Resurrección de Jesús. No es cristiano ir
por el mundo haciendo de acusador. Pero tampoco es cristiano que una neurótica
misericordia o tal vez el miedo, impidan decir con claridad a los hombres los
males que se siguen de una ignorancia u olvido de los caminos de Dios. El
pecado no se borra disimulándolo. Jesús dijo a la adultera «yo tampoco te condeno,
pero no peques más». La mujer había pecado realmente, pero el perdón de Jesús
fue más fuerte que el pecado cometido.
Que
nuestra vida sea verdad
Todos
sabemos lo que es una mentira y procuramos evitarla. Sin embargo, el apóstol San
Juan nos muestra una clase de mentira sobre la que no sentimos demasiado rubor el
cometerla: «el decir que conocemos a Jesucristo, que somos cristianos, pero ponemos
poco esfuerzo en cumplir los mandamientos del Señor». De ahí que nuestras
mentiras, en este terreno, sean demasiado frecuentes y vayan sembrando la
desorientación a nuestro alrededor. Una vez más tenemos que esforzarnos para
que nuestra vida de cada día se ajuste, y este en armonía, con nuestra fe
cristiana. ¡Que nuestra vida no sea una mentira! Hoy también nosotros tenemos
que hacer aquella oración de los discípulos de Emaús: ¡«Quédate con nosotros,
Señor», para que seamos capaces de dar testimonio de tu resurrección y de tu
presencia en un mundo descreído!
Relación
con la Eucaristía
En la
Eucaristía vivimos la experiencia actual y siempre renovada de esta Pascua del Señor,
que nos ilumina la comprensión de las Escrituras y nos permite reconocerlo una vez
más en la Fracción del Pan. Desde la comunión en el Misterio de su Pascua, el
Señor Jesús nos comunica la paz para que podamos compartirla con los hermanos.
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