La fe en la palabra de Jesús y
la pesca milagrosa.
El tema central de la liturgia
de este domingo es la vocación para una misión dentro del Reino de Dios. Tener
vocación significa ser llamado por Dios para una tarea. Todos somos llamados.
Nadie ha venido por voluntad propia ni a la vida ni a la fe. Cuando pensamos
que sólo unos tienen vocación y son llamados a un estado especial dentro de la
vida cristiana, sacerdocio o vida religiosa, desconocemos la obra de Dios en
nosotros. La vocación a la fe es la muestra primordial del amor de Dios en
nuestra vida. A todos nosotros nos une y nos identifica la llamada que Dios nos
ha hecho a la fe en Jesucristo.
Las lecturas que hoy hacemos
nos relatan tres de las llamadas que Dios ha hecho a tres hombres para realizar
la misión de anunciar la obra redentora que el Señor va a realizar. Los tres se
manifiestan indignos para llevar a término esa labor. Sin embargo, Dios los acompaña
y los prepara para que la misión encomendada pueda llevarse adelante.
Así, a Isaías le purifica sus
labios para que transmita lúcidamente su mensaje profético; a Pablo le
convierte radicalmente su vida haciéndolo, de perseguidor, apóstol; a Pedro le cambia
la profesión confiándole ser «pescador de hombres». Nosotros somos llamados a dar
testimonio de nuestra fe.
LECTURAS:
Isaías 6,1-2a.3-8: «Aquí
estoy, envíame»
Salmo 138(137): «Delante de
los ángeles, tañeré par Ti»
1Corintios 15, 1-11: «Por la
gracia de Dios soy lo que soy»
San Lucas 5, 1-11: «Dejándolo
todo, lo siguieron»
El Misterio de la vocación
La vocación cristiana -sea al
ministerio ordenado, a la vida religiosa, a la vida y al ministerio
matrimonial, al compromiso del testimonio cristiano en medio del mundo- es siempre
un misterio. Dios lleva la iniciativa. En el caso de Isaías, un joven de unos veinticinco
años, de una familia noble de Jerusalén, es Dios quien lo llama, y él responde
«aquí estoy, envíame». En el caso de los primeros apóstoles, sencillos
pescadores de Galilea, es Cristo quien los interpela y, después de la pesca
milagrosa, les encarga: «serán pescadores de hombres». Ser «pescadores de
hombres» no tiene ningún sentido peyorativo, como si buscara un proselitismo a
ultranza. Significa que Cristo quiere que sus seguidores, además de creer en él,
se dediquen a evangelizar, a dar testimonio, a persuadir a cuantas más personas
mejor de la buena noticia del amor y la salvación de Dios. Por eso eligió a los
doce. Por eso envió luego a los setenta. Por eso les encargó al final que
fueran por todo el mundo evangelizando, bautizando y enseñando a vivir según su
estilo.
También hoy, el Dios todo
santo y todopoderoso es a la vez el Dios cercano, que quiere comunicar su vida a todos y para ello se
sirve de colaboradores y sigue llamando a hombres y mujeres que contesten «aquí
estoy, envíame» y se dispongan a trabajar como «pescadores de hombres», o sea,
como testigos de Cristo en medio de la sociedad, tratando de ganar a otros a la
fe.
Tal vez, esta llamada no
revestirá la solemnidad que tuvo la de Isaías, en el marco de la liturgia del
Templo y con una visión del Trono de Dios, sino que será sencilla, como la de
los primeros apóstoles: una llamada desde su mismo trabajo diario a otro más
amplio al que los invita Jesús. Pero siempre es una llamada, siempre supone una
misión no fácil y siempre pide una respuesta generosa.
Llamados a la Misión:
Jesús usa las mismas
realidades humanas de que nosotros nos servimos: las barcas, las redes, el
lago, el trabajo. Pero las impregna de un contenido nuevo: la experiencia de Dios que él nos ofrece. A través de la
marcha por el mundo, enfrentando las responsabilidades del paso por la tierra,
vamos descubriendo el sentido de nuestra vida. Como Pedro y sus compañeros,
somos nosotros hoy los que hacemos esta misma experiencia. Todos somos llamados
para una misión que empieza por nosotros mismos: encontrar el mundo que Cristo
nos ofrece y al cual nos llama. Hacer confianza al Señor y entregarnos a él en
forma definitiva. Que a partir del momento de nuestra conversión adulta a la fe
vivamos en el mundo en plena responsabilidad cristiana. Tenemos todos la misión
de llevar en la vida nuestro ser y obrar como cristianos que nos hace pensar,
querer, actuar como el Señor. Esa es la llamada y esa es la misión. Si la
seguimos nunca nos defraudará. Amén.
La experiencia de Pedro
Es evidente el paralelismo
entre la narración de Lucas y la narración post-pascual de la pesca en Jn. 21.
Este paralelismo, incluso textual (las redes se rompen... muchos peces, y de
todas clases; acentúa el carácter central del diálogo entre Pedro y Jesús, con
una fuerte connotación pascual y eclesial. - El Pedro que es llamado aquí por
Jesús no es simplemente el pescador que está junto al mar de Galilea -como en
Mateo y Marcos-, sino el «Simón-Pedro» de la confesión deCesárea, el Pedro de
las negaciones y de la conversión, el Simón a quien se apareció el Resucitado,
el encargado de «confirmar a los hermanos»... (es decir, la imagen de Pedro que
se resalta en Lucas). Es un Pedro que hace pensar en la escena de la conversión
de Cornelio, consciente de sus
limitaciones, pero decidido a hacer lo que el Señor indique. Pedro es la imagen
del «seguidor» de Jesús, acompañado por los demás pescadores.
Junto a estas referencias a la
imagen de Pedro, hay también el tema de la relación entre la experiencia de la
santidad de Dios y la conciencia de la propia indignidad. Sólo las personas que
se aproximan realmente al «Santo» -como hizo Isaías, como el salmista: «delante
de los ángeles», y como Pedro al contemplar la fuerza de la Palabra de Cristo-experimentan
las propias limitaciones.
El sentido del pecado
solamente se tiene realmente -en la fe- cuando se posee el sentido de Dios.
Este pensamiento es importante en el contexto actual de una «banalización» de
la vida de las personas y en el peligro de una visión indefinida de Dios. La
escucha de la FE que nos conduce a la obediencia: - Es el segundo tramo del
glorioso camino que el Señor Jesús nos ofrece a través de este pasaje de Lucas.
La muchedumbre se apiña en torno a Jesús, llevada del deseo íntimo de «escuchar
la Palabra de Dios»; es la respuesta a la invitación perenne del Padre, que
invade toda la Escritura: «¡Escucha Israel!» y «¡Si mi pueblo me escuchase!»
(Sal. 80, 14).
Es como si la muchedumbre
dijese: «¡Sí, escucharé qué cosa dice Dios, el Señor!». Pero la escucha que se
nos pide y sugiere es completa no superficial; es viva y vivificante, no
muerta; es escucha de la fe, no de la incredulidad y de la dureza de corazón. Es
la escucha que dice: Sí, Señor, «ya que lo dices, echaré las redes». -
La llamada que el Señor nos
está dirigiendo en este momento es ante todo la llamada a la FE, a fiarnos de
Él y de toda Palabra que sale de su boca, seguros y ciertos que todo esto que
Él dice se realiza. Como Dios dijo a Abrahán: «¿Hay alguna cosa imposible para
el Señor?» o en Jeremías: «¿Existe algo
imposible para mí?»; O como se le dijo a
María: «Nada hay imposible para Dios» y entonces Ella dijo: «Hágase en mí como
has dicho».
Aquí es a donde debíamos
llegar; como María, como Pedro. No podemos ser solamente oyentes, porque nos
engañaremos a nosotros mismos, como dice Santiago, quedaremos engañados por la
poca memoria y nos perderemos. La Palabra debe realizarse, cumplirse, ponerse
en práctica. Es una gran ruina para el que escucha, si no pone en práctica la
Palabra; se necesita excavar profundamente y poner el fundamento sobre la roca,
que es la FE operativa.
La pesca como misión de la
Iglesia:
La adhesión a la fe lleva a la
misión, esto es, a entrar en la comunidad instituida por Jesús para la difusión
del Reino. Parece que Lucas quiere ya, en este pasaje, presentar la Iglesia que
vive la experiencia post-pascual del encuentro con Jesús resucitado; conocido es,
de hecho, las muchas llamadas al pasaje de Jn. 21, 1-8. Jesús escoge una barca
y escoge a Pedro y, desde la barca, llama a hombres y mujeres, hijos e hijas, a
continuar su misión.
Los pescadores del Señor, en
efecto, echan las redes en el mar del mundo para ofrecer a los hombres la Vida,
para sacarlos de los abismos y hacerlos volver a la verdadera vida. Pedro y los
otros, nosotros y nuestros compañeros de navegación en este mundo, podemos continuar,
si queremos, en cualquier estado en que nos encontremos, aquella misma hermosa
misión suya de enviados del Padre «a salvar lo que estaba perdido».
Relación con la Eucaristía
Cuando celebramos la Eucaristía proclamamos siempre la santidad de Dios -«Santo, Santo, Santo...»- y acogemos la palabra apostólica que actúa con la fuerza de la Palabra de Dios. ¡Estamos en la barca de Simón! Cada celebración eucarística se hace en comunión con el Papa, «Pescador de hombres», que, como Pedro, ha sido llamado por Cristo para confirmar nuestra fe.
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